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Literatura

Al Caminarte

Aho­ra yo no sé si vas a poder leer esta car­ta, pero igual sien­to como una nece­si­dad de decir­te que yo con­ti­go he sido más feliz de lo que los libros dicen que se pue­de.”

La can­ción de noso­tros

Eduar­do Galeano, 1975.

 

Me hubie­ra gus­ta­do tan­to ver­te una vez más, fren­te a fren­te, a los ojos, y pla­ti­car de las cosas que en defi­ni­ti­va no sé con­tar­le a una car­ta.

Hoy me die­ron ganas de escri­bir­te por­que el vien­to tibio de una tar­de nubla­da no deja de susu­rrar­me tu nom­bre; paso a paso, entre luces y som­bras, me lo sugie­ren los rayos del sol como avi­so para no olvi­dar­te pues el sol, tan inge­nuo a veces, pien­sa que me es posi­ble.

El amor es la for­ma con la que todos nos sui­ci­da­mos al menos una vez en el día. Menos mal que tú me sal­vas del dece­so dia­rio que me lla­ma, me dice ven vamos a pasear un rato.

Des­de que te fuis­te pre­fe­rí ver­lo todo con más cal­ma. Regre­sé a ser un cami­nan­te, y es que hay que cami­nar por lar­gas jor­na­das antes de dar­te cuen­ta de varias cosas. Tu tiem­po aquí ya paso, has com­ple­ta­do tu misión. Y des­cu­brir tam­bién en cada paso el por­qué es mejor morir. Pero se requie­ren sólo cin­co segun­dos obser­van­do la com­ple­ji­dad de tu iris para deci­dir que­dar­te, encon­trar en las fisu­ras de esos ojos de cor­te­za, esen­cias que le dan sen­ti­do a tus días y te inci­tan a que les acom­pa­ñes andan­do a bus­car aque­llo que algu­nos lla­man uto­pías, no por un rati­to, sino por los bucles tem­po­ra­les de cada segun­do, esos a los que en oca­sio­nes lla­ma­mos recuer­dos.

Con­for­me avan­za el día, el per­fu­me de tus manos se hace pre­sen­te y me invi­ta a cami­nar por vere­das inter­mi­na­bles, con ese calor seco que no te deja en paz ni siquie­ra bajo el cobi­jo de la urbe o de algún árbol. Camino para ima­gi­nar­te por las otras tan­tas ace­ras, escon­di­da en las otras tan­tas muje­res que se cru­zan fren­te a mi cada cua­tro minu­tos exac­tos. Esos cami­na­res coti­dia­nos me hacen odiar­te de mane­ra pau­la­ti­na, pues cada que creo ver­te y me equi­vo­co, se me borra la son­ri­sa del ros­tro. Una peque­ña par­te den­tro de mí se que­ma al sen­tir la leja­nía y otra se aho­ga al saber que igno­ras que te espe­ro, que te quie­ro.

Ya con una luna diur­na y un sol noc­turno me dan ganas de entrar a un bar, de esos que están entre Vic­to­ria y Cate­dral. Mi cere­bro cree que con alcohol se pue­de difu­mi­nar tu silue­ta, vol­ver­se tenue has­ta oscu­re­cer­se por com­ple­to; no toma en cuen­ta que con cada cer­ve­za sólo se resal­tan esas cua­li­da­des que con­for­man tu intere­san­te belle­za, lue­go… vie­nen los recuer­dos en cada bote­lla.

Pero qué pasa cuan­do por fin cono­ces la tex­tu­ra del olvi­do, cuan­do te das cuen­ta que la muer­te es inso­bor­na­ble. Y que aún, a pesar de todo lo que sabes, te resul­ta impo­si­ble des­cri­bir­le un atar­de­cer a un cie­go, y hacer­lo son­reír como si de ver­dad lo estu­vie­ra vien­do.

Diva­go para encon­trar­me unos ojos que hace cin­co años se creían capa­ces de asal­tar un ban­co sólo por ser inti­mi­dan­tes, una mira­da que a veces cual pin­cel pin­ta un mun­do que solo tú com­pren­des, en un cua­dro que se ale­ja muy len­to, dejan­do ver las pocas o muchas imper­fec­cio­nes de tu cara gra­cias al poco maqui­lla­je que usas. Ese bigo­te del­ga­do que cui­das de vez en vez, y esas cejas que casi ni se mue­ven cuan­do suel­tas la riso­ta­da, ese cabe­llo que con el cli­ma de hoy no se deja domar, ni riza­do ni liso, le dices que­bra­do.

Es bas­tan­te obvio que no corres­pon­des a los cáno­nes del con­cep­to mediá­ti­co de lo que es hoy en día una mujer boni­ta. Digo todo esto en voz baja mien­tras des­pe­go, con cui­da­do, las eti­que­tas de cada enva­se a sabien­das de que estoy pen­san­do en ti.

Pocas veces me deten­go a obser­var los deta­lles del mun­do, mas con­ti­go, en estos últi­mos días, resul­ta casi impo­si­ble no des­cu­brir peque­ños ancla­jes que me tien­den una silla para sen­tar­me y ver­te por minu­tos des­do­bla­dos que se vuel­ven horas, duran­te esas impre­ci­sio­nes del tiem­po mis­mo, incon­men­su­ra­ble.

Entre astro y astro te veo lejos, cer­ca, a un lado mío, en tu casa, que está a esca­sos metros con­ta­dos, sie­te bor­dos, un semá­fo­ro y una vuel­ta en “U” de la mía. No tan lejos pero tam­po­co tan cer­ca como qui­sie­ra.

En el humo de los ciga­rros se aso­ma como no que­rien­do tu son­ri­sa, de dien­tes gran­des y caren­te de poci­tos; tus ojos no empe­que­ñe­cen nun­ca, solo se lle­nan de un extra­ño bri­llo que deja de lado esa frial­dad que en oca­sio­nes los carac­te­ri­za.

Al final de todo. Sin tiem­po ya, yo solo quie­ro mirar­te una últi­ma pri­me­ra vez de nue­vo, cada día, todos los días; a pesar de saber con cer­te­za y con anti­ci­pa­ción cada posi­ble final.

 

Por: Óscar Mes­ta Rodrí­guez

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