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CuentoLiteratura

Ars moriendi

Javier, reclui­do en la mira­da, inmer­so en el movi­mien­to de sus iris, con­tem­pla­ba las pun­tas de sus pies, níti­das, como mon­tes esqui­vos e incier­tos. Leja­nos le pare­cían los obje­tos a su alre­de­dor, como si su cuer­po se hubie­ra des­va­ne­ci­do y nece­si­ta­ba, ya, tan sólo la mira­da para com­pren­der la veja­ción del cuer­po, de la volun­tad por el des­tino. Fren­te a él, su mujer des­pro­te­gi­da en el sillón, Sele­na, sos­te­nía un peque­ño rosa­rio, car­co­mi­do en algu­nas par­tes por el peso de las ora­cio­nes sufri­das en los últi­mos die­ci­sie­te años. Ya algu­na lágri­ma rebo­sa­ba por la meji­lla de la mujer  y Javier no lo enten­día. Al cuar­to de ape­nas tres por seis[1] lle­gó el doc­tor y le revi­só los lati­dos y las reti­nas duran­te algu­nos minu­tos silen­cio­sos. Des­pués vol­teó hacia Sele­na. Hubo un silen­cio pleno, lim­pio, como si Dios se hubie­ra sen­ta­do en una posi­ción indis­cre­ta, a la vis­ta de todos. El doc­tor tomó el bille­te que le entre­gó la mujer y se reti­ró sin ver a Javier.

–Ya estás con un pie en el reino del señor- Sele­na le aca­ri­ció un pie

Él ape­nas lo movió con cier­ta devo­ción, como un últi­mo ges­to de amor, así lo había sen­ti­do la mujer. Pero Javier ape­nas se sen­tía lejos del mun­do, su cons­tan­cia era aquel cuar­to, y no otra cosa, ya no su mujer, ni el rosa­rio ni los ins­tru­men­tos del doc­tor, sólo aquel cuar­to le man­te­nía fijo en el tiem­po. Nada más terre­nal que un ladri­llo sobre otro…

Afir­ma mis pasos en tus cami­nos para que no tro­pie­cen mis pies…

Javier duda­ba de estas ora­cio­nes lan­za­das por su mujer, y derra­ma­ba una colé­ri­ca mira­da que era sofo­ca­da con un vaso de agua – un vaso de agua, pen­sa­ba, yo nece­si­to más que eso; nece­si­to la pala­bra coti­dia­na, la pala­bra que igno­ra a la muer­te, que la des­pre­cia, esa inti­mi­dad del mono­sí­la­bo con­ver­ti­do en indi­fe­ren­cia, sin temor a la som­bra volá­til del tiem­po-. Pero no, cada cuen­ta del rosa­rio era una car­ga para Javier; en el silen­cio de Sele­na, un soni­do lacó­ni­co se per­día al pasar de una ora­ción a otra, de una cuen­ta a otra has­ta lle­gar a la última…y empe­za­ba de nue­vo, como abis­mán­do­se en la lán­gui­da luz de la pie­dad, y se acor­da­ba de Javier, y le pasa­ba el vaso por las ter­sos labios.

De su infan­cia, Javier recor­da­ba la hora san­ta; las pesa­das ora­cio­nes, sali­das de entre las nume­ro­sas bocas que lle­na­ban la igle­sia. Las pare­des joro­ba­das de már­mol y tapia­das de esce­nas reli­gio­sas con caras insu­fri­bles en espa­cios silen­cio­sos y gri­ses le abis­ma­ban a lado de su madre, cre­yen­do que Dios era un cas­ti­go para su incon­te­ni­ble y peque­ña vida. Así que cada hora san­ta era una ago­nía para él. Su madre lo toma­ba de la mano como un pas­tor toma a la ove­ja y la car­ga a tra­vés de los duros cami­nos. En la mano izquier­da siem­pre lle­va­ba un vie­jo rosa­rio que roba­ba toda la aten­ción de Javier mien­tras cami­na­ba, y veía el rosa­rio colum­piar­se en la mano de su madre. No com­pren­día la fuer­za de aquel obje­to… ¿y Dios esta­ba ahí? ¡Cla­ro que esta­ba! Reme­mo­ra­ba duran­te las noches en su cuar­to, ani­qui­lan­do las imá­ge­nes de la hora san­ta. La pesa­dum­bre del peca­do lo has­tia­ba. Las caras derrum­ba­das de las seño­ras y el ros­tro empo­za­do de los hom­bres lo hacían anto­jar­se lejos de la trans­gre­sión, pero aho­ra sen­tía a Dios como una opre­sión, y enton­ces lo com­pren­dió: Siem­pre lo fue.

Aho­ra en el pecho la opre­sión de des­li­za­ba a sus manos iner­tes, afe­rra­das a las lla­nu­ras sucias del col­chón. Su espo­sa se levan­tó al ver sus dedos ten­sos ¿lle­ga­ba el momen­to? La res­pi­ra­ción pare­cía ses­ga­da, pero Javier man­te­nía la mira­da iner­te, tran­qui­la, con un ansia estoi­ca que a Sele­na asus­ta­ba. Las ora­cio­nes caye­ron en llo­viz­na por todo el cuar­to, como gol­pes en la oscu­ri­dad, como el can­to del ave en la tem­pes­tad, diri­gi­das sin can­dor, con la rabia jus­ta de un domin­go al salir de casa con los peca­dos asi­dos a la ropa. Mie­do, mie­do veía en Sele­ne, acu­rru­ca­da con­tra sus rodi­llas, y entre ellas, débil en su caden­cia, el rosa­rio. Javier inten­tó mover la mano. Ella ter­mi­nó un Ave María, y sol­tó  lívi­da­men­te aquel ins­tru­men­to reli­gio­so y se asió de aque­lla mano. Enton­ces las rodi­llas de Sele­ne se unie­ron al con­cre­to del piso, y las manos ya no bur­la­ban la reali­dad con el rosa­rio; su fren­te se entre­ga­ba a unos dedos indi­fe­ren­tes. Ya todo esta­ba en la mira­da, en la mira­da sim­ple, leja­na, inca­paz, lim­pia, terre­nal. Dios des­apa­re­ció por un momen­to. Sele­na se levan­tó, y bajó los par­pa­dos de Javier. Des­pués fue por el rosa­rio en el piso, ahí esta­ba Dios otra vez, como una piel suda­da y arru­ga­da, sin saber­se opre­sión en el pecho de algu­nos.

[1] Metros

 

Por: Fer­nan­do Espi­no­sa

 

Ima­gen des­ta­ca­da: “El últi­mo cua­dro de la muer­te Godé­da­rel”, Fer­di­nand Hod­ler

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