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Literatura

Aullido de lobos: a 81 años del asesinato de García Lorca

Cuan­do Fede­ri­co Gar­cía Lor­ca  esta­ba por cum­plir los 38 años de edad, ya se había con­so­li­da­do su nom­bre como sím­bo­lo de la Espa­ña repu­bli­ca­na y pro­gre­sis­ta: por su obra inno­va­do­ra, por la popu­la­ri­dad que había alcan­za­do en el mun­do de las letras his­pa­nas, por su enor­me sim­pa­tía, por­que cada estreno suyo se con­ver­tía en un cam­po de bata­lla ideo­ló­gi­co, por su mane­ra de com­por­tar­se dema­sia­do des­pren­di­da de pre­jui­cios ante los ojos  nos­tál­gi­cos de la edad media. Había hecho de la acep­ta­ción pro­gre­si­va de su pro­pia homo­se­xua­li­dad el tema cen­tral de su vida y tam­bién de su arte. Su poe­sía, liga­da siem­pre a su sexua­li­dad, resul­ta­ba alta­men­te ante­ce­so­ra de la libe­ra­ción eró­ti­ca

Quin­ce días antes de su muer­te, el poe­ta tuvo una pesa­di­lla que lo horro­ri­zó. Había soña­do que un gru­po de muje­res ata­via­das con velos negros lo ame­na­za­ban con cru­ci­fi­jos. Eran los pri­me­ros días de la insu­rrec­ción fas­cis­ta enca­be­za­da por Fran­co con­tra la Repú­bli­ca Espa­ño­la  legal­men­te cons­ti­tui­da, y en todas par­tes se empe­za­ban a cono­cer las atro­ci­da­des que esta­ban come­tien­do los falan­gis­tas en los sitios y pobla­cio­nes que habían ocu­pa­do. Los fusi­la­dos sin jui­cio y los tor­tu­ra­dos has­ta morir, ya se con­ta­ban por miles.

Gra­na­da, la ciu­dad cuna  del poe­ta a dón­de había regre­sa­do en el mes de julio para cele­brar su san­to y para apar­tar­se de las con­vul­sio­nes polí­ti­cas que con­mo­vían Madrid, esta­ba bajo el con­trol de los falan­gis­tas sedi­cio­sos. Duran­te los pri­me­ros días de agos­to de 1936, los fas­cis­tas habían catea­do en dos opor­tu­ni­da­des la Huer­ta de San Vicen­te, hogar de la fami­lia del poe­ta, bus­can­do una inexis­ten­te  “radio clan­des­ti­na con la que al dege­ne­ra­do homo­se­xual Fede­ri­co Gar­cía Lor­ca, per­mi­te comu­ni­car­se con Mos­cú”.

A pesar de que has­ta des­ar­ma­ron el piano don­de el poe­ta com­po­nía y eje­cu­ta­ba con vir­tuo­sis­mo, no encon­tra­ron nada que lo incul­pa­se. A los pocos días, des­pués de que el poe­ta se había refu­gia­do en el cen­tro de Gra­na­da, en la casa de unos ami­gos falan­gis­tas — la fami­lia Rosa­les- el dra­ma­tur­go fue saca­do de allí a gol­pes, arro­ja­do rodan­do por las esca­le­ras de la casa don­de se había inten­ta­do pro­te­ger. Sus cap­to­res lle­va­ban cru­ces col­gan­do del pecho y rosa­rios en sus manos. Eran las cru­ces de la pesa­di­lla de Fede­ri­co. De allí lo con­du­je­ron al  edi­fi­cio del Gobierno Civil, don­de per­ma­ne­ció ence­rra­do unos días has­ta que lo  tras­la­da­ron a Víz­nar, peque­ño pobla­do cer­cano a Gra­na­da.

En la madru­ga­da del 18 o 19 de agos­to- toda­vía hoy no se pue­de pre­ci­sar la fecha- saca­ron al poe­ta  jun­to con un maes­tro y un ban­de­ri­lle­ro que  tam­bién esta­ban dete­ni­dos, los lle­va­ron por la carre­te­ra  espo­sa­dos y cus­to­dia­dos por cin­co hom­bres. Cuan­do el auto se detu­vo jun­to a una hile­ra de oli­vos, baja­ron a los tres dete­ni­dos, los deja­ron ir  cami­nan­do un ins­tan­te  y les dis­pa­ra­ron por la espal­da. El tiro de gra­cia lo rec­bió Gar­cía Lor­ca en el culo, “por mari­cón”. Su cuer­po, ente­rra­do en una de tan­tas fosas comu­nes, nun­ca fue encon­tra­do.

Habían ase­si­na­do a uno de los artis­tas más impor­tan­tes que había dado Espa­ña en las dos últi­mas cen­tu­rias.

El 19 de agos­to de 1937, exac­ta­men­te un año más tar­de, el  amor de los últi­mos años de Lor­ca, el joven Rafael Rodrí­guez Rapún,  murió luchan­do por la repú­bli­ca cer­ca de la ciu­dad de San­tan­der.

 

Por: Gerar­do Mos­co­so Caa­ma­ño

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