Loading...
Opinión

Ay Saltillo: de atardeceres en el cielo… y en la tierra

Qui­zá la úni­ca dife­ren­cia entre otras per­so­nas y yo es que siem­pre he espe­ra­do más del oca­so, colo­res más espec­ta­cu­la­res cuan­do el sol toca el hori­zon­te. Qui­zá ese es mi úni­co peca­do.”

—Nymp­ho­ma­niac Vol. I, 2013, Lars von Trier.

Han exis­ti­do múl­ti­ples opor­tu­ni­da­des en mi vida para huir de esta ciu­dad, y no lo he hecho aún por­que, según yo, nin­gún otro lugar tie­ne los atar­de­ce­res de Sal­ti­llo. Esa es mi úni­ca y exclu­si­va razón para man­te­ner­me aquí, lo pue­do jurar: sigo en este ran­cho sólo por los atar­de­ce­res. Aun­que siem­pre me hacen espe­rar más sigo aten­ta a todos y cada uno de ellos por si algún día encuen­tro el que sea per­fec­to, uno que me haga sen­tir total­men­te satis­fe­cha y me dé la liber­tad de mar­char­me  con mi fami­lia, a estu­diar en otra ciu­dad, a vivir mejor estan­do lejos.

Con­for­me lo estu­ve expe­ri­men­tan­do, una pues­ta de sol tie­ne muchas dife­ren­tes for­mas e inten­cio­nes, y lo más impor­tan­te es que muchas de ellas ni siquie­ra suce­den al final del día. He encon­tra­do atar­de­ce­res con pre­sen­ta­cio­nes irre­gu­la­res y horri­bles, y otros que se sien­ten en las plan­tas de los pies y te sacan son­ri­sas que no pue­des ocul­tar.

Lo que alguien sien­te en un atar­de­cer es sen­ci­lla­men­te inex­pli­ca­ble. Una homo­gé­nea com­bi­na­ción de la cal­ma de ver un día ter­mi­nar y la angus­tia de no saber si podrás apre­ciar el ama­ne­cer siguien­te, de las emo­cio­nes más ins­pi­ra­do­ras y tam­bién del odio más pro­fun­do hacia tu con­tex­to. La cre­cien­te nece­si­dad de inun­dar­te de los colo­res que lo rodean, de eli­mi­nar todo lo demás, el con­flic­to per­so­nal que nace al que­rer exten­der el oca­so has­ta que tus sen­ti­dos hayan absor­bi­do inclu­so el más míni­mo deta­lle luchan­do con­tra la ansie­dad de que empie­ce la noche y con ella todo lo que la luz nos prohí­be. Un atar­de­cer te hace recor­dar que todo es efí­me­ro, tem­po­ral e inal­can­za­ble; que te la pasas bien o sólo te la pasas.

El oca­so lo encon­tré en los libros de $10 empol­va­dos en los loca­les de Pérez Tre­vi­ño, en ir al cine y al tea­tro por pri­me­ra vez jun­to a otra hija de mi mamá, con un par de mule­tas y una silla de rue­das, cenan­do tacos gra­tis des­pués de llo­rar y lue­go pagar­los con risas al acep­tar la res­pon­sa­bi­li­dad de la muer­te de una cagua­ma; den­tro del tra­ba­jo de mis sue­ños en una feria con libros a mi alre­de­dor, en todo lo que apren­do un sába­do en el cen­tro, duran­te tres días escu­chan­do con­fe­ren­cias y jugan­do al túnel reci­bien­do como recom­pen­sa un par de pla­ye­ras y al mejor ami­go que pude encon­trar; comien­do bone­less paga­dos por alguien más, en una sema­na de even­tos en los que fin­gí estar al pen­dien­te pero sólo dele­ga­ba res­pon­sa­bi­li­da­des, apo­yan­do a líde­res que por una u otra razón (casi) siem­pre pier­den; colec­cio­nan­do dino­sau­rios, llo­ran­do en un abra­zo den­tro de Casa Tiyahui, al reci­tar un monó­lo­go medio fan­ta­sía medio reali­dad, en las lunas de octu­bre de la mano de un amor per­di­do del cual no pude esca­par.

Nin­gu­na otra ciu­dad me hubie­ra pre­sen­ta­do un atar­de­cer con esa for­ma huma­na doce cen­tí­me­tros más alta, el cabe­llo la mitad de lar­go y las mis­mas ganas que tenía yo de ser un ado­les­cen­te pro­me­dio, de decir fra­ses sin sen­ti­do y aho­gar­nos de risa cada que podía­mos sin ser dete­ni­das o aver­gon­za­das por ese uni­for­me ver­de y horri­ble. Otro cre­púscu­lo con for­ma huma­na lo obser­vé casi tres años des­pués, en una mesa del estan­qui­llo de un cam­pus, mien­tras me habla­ba de cor­to­me­tra­jes y su nece­si­dad per­ma­nen­te de pren­der un ciga­rro, de tomar café y crear todo el arte con el que soña­ra (por más per­tur­ba­dor que pue­da lle­gar a ser); un bucle infi­ni­to, un oca­so den­tro de otro, eso fue poner una coro­na en la cabe­za de este ser.

No sólo han sido per­so­nas con colo­res mara­vi­llo­sos y sen­sa­cio­nes de cal­ma; he encon­tra­do tam­bién el atar­de­cer en edi­fi­cios y monu­men­tos, toman­do una cer­ve­za calien­te, en cami­na­tas noc­tur­nas por zonas inse­gu­ras, escu­chan­do mis can­cio­nes favo­ri­tas entre la mul­ti­tud, car­gan­do una canas­ta con libros duran­te casi un mes de lunes a vier­nes por ocho horas dia­rias, en una toga y un birre­te que cubrían mucho tin­te azul, duran­te otros tres días ence­rra­da en un lugar des­co­no­ci­do escu­chan­do hablar de un Dios extra­ño y reci­bien­do como recom­pen­sa una “T” de made­ra, en una fies­ta con temá­ti­ca de libro juve­nil, con los gri­tos des­de cual­quier asien­to del Made­ro, en muchos besos en una pla­za sólo por­que él se veía muy gua­po en esa pla­ye­ra de Nir­va­na y con esa bar­ba.

Salien­do de un examen para gol­pear al ami­go que me esta­ba espe­ran­do, en los salu­dos for­za­dos por man­te­ner la armo­nía comu­ni­ta­ria, escu­chan­do comen­ta­rios saca­dos de con­tex­to de las fami­lias que nave­gan por V. Carran­za al ver a tan­tos ado­les­cen­tes hacer cosas que no debe­rían, al can­tar en un res­tau­ran­te a todo pul­món mien­tras evi­tas llo­rar al reír­te.

El atar­de­cer en Sal­ti­llo es lo úni­co que me man­tie­ne aquí. Ya sea el del cie­lo que solo se ve o el de la tie­rra que de muchas mane­ra se sien­te. Todo se sien­te como un oca­so por­que vis­lum­bras el final, pero lo dis­fru­tas al máxi­mo (igual que todos los días), sólo a la espe­ra de que ter­mi­ne, ansian­do por fin ver el cre­púscu­lo que te lle­ne para salir a bus­car un ama­ne­cer dife­ren­te.

 

Por: Vale­ria Zama­rri­pa Lozo­ya 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *