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Especial

Ecos de soledad: crónicas de un suicidio interrumpido (Primera parte)

Por: Daniel G. Hernández

“Estuve un rato, me acuerdo que la presión de los oídos no la aguanté (…) entonces sentí tanta presión, tanta presión y dije bueno pues afortunadamente si me puedo levantar. Y sí, me levanté, mareado. Casi me desmayaba y pues sí, la verdad es que no me atreví porque sí dolía mucho”

Marcaban las 9:30 en el reloj de mi teléfono, era un martes cualquiera, día 20 para ser exacto. Salí aturdido, me pesaba el sueño y cargaba un hambre algo extraña, como de antojo. Entonces la vi, estaba postrada sobre la barra de la cafetería en donde habíamos acordado reunirnos. Me miró, le cambió el semblante de sorpresa a gusto, sostenía una bolsa de plástico en sus manos, por lo que entendí después era su almuerzo, preguntó un par de cosas sobre el lugar en donde lo calentaría y posteriormente se sentó en la mesa por fin.

Había bastante gente a nuestro alrededor, nuestra plática se ahogaba entre los murmullos de las demás personas. -¿Tienes tiempo?- Me soltó temerosa. Le respondí que sí, era obvio que lo tenía contado, pero no buscaba limitarla, sabía que era un tema delicado y que no muchas personas sabían lo que iba a relatarme en ese momento Alejandra “N”, de tan solo 19 años de edad, así que callé y le comenté de la manera que pensé más adecuada que en cualquier momento en que no pudiera seguir explicando algo podíamos parar, no era necesario continuar con la entrevista, sin embargo se mostró desafiante a dicho enunciado y me sugirió en un tono compasivo que le vendría bien contar su experiencia, y que si en algo podía ayudarme lo haría. Le di las gracias y continué con la charla. Posterior a las preguntas obligadas sobre su día, su almuerzo y su vida escolar, tomé aire y corté de tajo las trivialidades.

-¿Estás lista?-

Alejandra asintió con la cabeza, una vez más sus facciones se modificaron, remplazando su sonrisa por un gesto de determinación, parecía que había estado reuniendo valor para expresarse.

Le pregunté, algo nervioso, que si podía hablarme de la primera vez que lo intentó. No pude terminar la frase, no podía mencionar la palabra suicidio, me daba escalofríos de solo pensarlo. Pero ella comprendió bien el sentido y la referencia que le estaba dando. Sus grandes ojos negros se desviaron de mi cara, se postraron en la gris pared a mis espaldas, no le presioné siguiéndole la mirada, en lugar de eso, intenté perderme en mi cuaderno de notas y mis dos gorditas que esperaban en un plato por debajo de mi barbilla.

Su primer intento databa del noviembre del año 2016

“Estaba harta y quería… no sé, desaparecer. Estaba muy estresada y frustrada conmigo misma”.

Después de crecer entre insultos familiares, connotaciones racistas, maltrato y un divorcio entre sus padres, Alejandra “N” forjó su carácter como una chica tímida con algún complejo de inferioridad muy marcado, según su dicho.

Anterior al día que intentó consumar su deceso, llevaba tiempo pensando en hacerlo, pero no tenía idea de cómo. Platicó con su padre, por lo cual obtuvo una receta de antidepresivos y pastillas para dormir, mismas que serían un arma de doble filo, pues aunado a la desesperación las ingirió todas. Aproximadamente 20 o 30 pastillas, experimentando una nausea terrible, misma que no le impidió terminarse los fármacos. Al encontrarle fondo a los frascos, caminó hasta el cuarto de sus abuelos, habitación que considera, hasta la fecha, como sitio de refugio. Se recostó en la cama hasta que reaccionó.

Pasando 20 minutos, se incorporó, como pudo tomó el teléfono y marcó a la línea de la vida

“Marqué (…) Me contestaron y allí estuve hablando con la psicóloga. Muy tranquila me preguntó un par de cosas y al final me dijo que si podía provocarme el vómito. Me arrepentí, pero ya me las había tomado”.

Como un increíble coincidencia, su padre irrumpió en la casa habitación, la vio al teléfono y le preguntó que con quién hablaba. Alejandra solo atinó a entregarle la bocina, compartió algunas palabras, se le quebró la voz, colgó y le pidió que vomitara. Ejecutando la orden de su padre, fue trasladada al hospital en donde le realizaron un lavado de estómago.

“Es una putada. Te meten un tubo del tamaño de esta cosa (dice al momento que toma un bote de salsa) por la nariz. No puedes hablar porque te arde la garganta”.

Terminado el procedimiento, se encogió en su camilla y lloró durante horas, abrazada de su padre, mientras le explicaba las razones de su deseo de desaparecer.

Con el fin de continuar con su tratamiento, fue trasladada e internada en el Centro Estatal de Salud Mental (CESAME), en donde explica, vivió un “infierno”. Estando dentro del confinamiento del Centro de Salud, conoció algunas personas con las que convivió las semanas que estuvo ahí, una de ellas tenía 15 años, y fue con la que mejor se halló, puesto que estaba ahí por la misma razón que ella, con la diferencia de que la menor ya tenía tres intentos de suicidio y consumía drogas. La jovencita en cuestión, de la desesperación del aislamiento le arrancó las baterías al control de la televisión y las ingirió, sin éxito de lograr su cometido. Por lo que las enfermeras optaron por ser las únicas que estuvieran facultadas para manejar el control.

“Pasé un hambre tremenda en aquellos días, eso nunca se lo había dicho a nadie”. Dice mientras dobla su taco y le da una mordida

Un momento después, su tono de voz se muestra impotente, y explica que en el tiempo que pasó allí, el psicólogo solamente se dignó a verla media hora para jamás volver a atenderla.

Las personas con más experiencia en el internado le sugerían que se comportara lo más normal posible, aunque sintiera deseos de hacer lo contrario, para que la dejaran salir y poder volver a intentarlo. Había maneras de engañar al personal muy fácilmente. Alejandra “N” relata que una de sus compañeras escondía vidrios en el patio y cuando sentía ansia, salía, tomaba uno y se cortaba las muñecas. Del mismo modo, sus compañeras de 15, 13 y 16 años mantenían relaciones sexuales entre ellas, cuando las enfermeras las descuidaban para salirse a platicar o “echarse un cigarro”, cuenta. En los recesos convivían con los demás internos, uno de ellos estaba ahí por asesinar a su novia, pero como era menor de edad no podían procesarlo, por lo cual estaba mezclado entre los pacientes, mismo del cual recibió halagos y piropos, lo que evitó que la molestara en otro sentido, pues a una paciente que padecía de lento aprendizaje le agredía verbalmente y le recordaba que sus padres no acudirían a verla, lo que la convertiría en una “abandonada”.

“Mi cabeza era un desastre en aquel momento, me sentía triste, no me sirvió de nada. Solo me dio más ideas para hacerlo”.

A pesar de tener el apoyo de su familia y amigos, puesto a que un par de veces la dejaron salir con sus padres y la otra ocasión le permitieron recibir visitas, admite que por más ayuda que tuviera, no pensaba desistir de su meta, puesto a que ésta, ya estaba completamente fija:

“No era por ellos, era por mí. Aunque ellos me brindaron su apoyo, el problema era yo; yo me quería morir”.

Mientras escuchaba con atención, intenté disuadirla para que me contará de su segundo intento, me detuvo en seco y me sentencio a que la esperara; tenía más cosas que platicar.

Pasada la hora de la plática, comenzó a hablarme de la segunda vez. Sería un 20 de diciembre del 2016, aprovechó que no había nadie en casa, pues todos estaban en la posada de su hermana. Esta vez, solo consumió pastillas para dormir, pero dobló la dosis.

“Creo que me eché las dos cajas y me dormí inmediatamente. No recuerdo como llegué al hospital, solo que ese día discutí con mi papá y creo que una de las razones principales por las que me quería suicidar, era él. Me reprimía mucho y lamentaba no ser lo que él quería que fuera: Tráeme las tortillas calientes del comal, lávame la ropa, plánchame. Un día se enojó bastante porque no supe planchar”.

Ese mismo día, la encontraron dormida en la cama, con las cajas tiradas, por lo que, de nuevo, la llevaron de urgencia al doctor. Una vez más: lavado de estómago.

Después del trago tan amargo que pasó, Alejandra “N” encontró soluciones para despejar su mente de la idea de partir y dejar su vida. Al mismo tiempo que se le empapan los ojos, me cuenta al borde de las lágrimas que hablar con alguien que ha pasado por la misma situación ayuda mucho, así como mantenerse ocupada para no tener tiempo de sentirse débil. Después de que vio a toda su familia sufrir por ella en el hospital se da cuenta que aún le queda algo bueno por vivir, y con ese mensaje de esperanza concluye su charla. Le doy las gracias por su tiempo y me alejo de la cafetería, dejándole acompañada de una de sus amigas, pensando poco sobre lo que acaba de escuchar y cómo me hacía sentir.

 

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