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Especial

Ecos de soledad: crónicas de un suicidio interrumpido (segunda parte)

Por: Daniel G. Hernández

Esa misma tardé, irrumpí en las instalaciones del CESAME, puesto a que la curiosidad de lo que había escuchado me atraía bastante.

Fui recibido por las trabajadoras sociales, con una sonrisa desarmé su gesto de enojo y les pedí que me comunicaran con algunas enfermera. La vocearon y llegó en un santiamén, se entrevistó conmigo pero me rechazó. Evadió mis preguntas y me dijo que lo mejor era hablar con su jefe directo, a pesar de que ella, la señora Irma Lara, era la jefa de enfermeras. Conversé un poco sobre mis inquietudes, su evasiva fue la misma y en un abrir y cerrar de ojos desapareció rumbo a la sala de urgencias.

Al día de hoy, se han registrado 90 suicidios en Saltillo, pensaba al día siguiente en las cifras expuestas por los medios locales de la ciudad. Miércoles 21, a bordo de mi coche, cuando conducía hacia el hogar de Eduardo Escobedo de 24 años de edad. Habíamos agendado una cita previa, pero reconozco que aún estaba medio perdido. No reparaba aún en lo que iba a decirle cuando me sorprendí estacionando mi automóvil en la banqueta de su casa. Toqué, esperé unos segundos hasta que la puerta se abrió. Cabello largo, perforaciones en el labio y en la ceja, bastantes tatuajes y un rostro de seriedad absoluta. Era muy normal para mí hablar con Eduardo, pues suelo pensar que la tinta o las piezas de hierro en la piel, no te quitan ni agregan valor.

Tenía una plática muy afable y entretenida. Le propongo subir a mi auto y acepta, puesto que había prometido mostrarme el lugar en donde pensaba, hacía unos años atrás, cerrar los ojos e irse.

Se cerraron las puertas, puse algo de música, pero no la escuchamos, puesto que Eduardo comenzó a hablarme sobre cámaras y fotografía, proyectos que quería sacar adelante, todo el camino conversamos y reímos. Para ser más hospitalario con mi interlocutor me detuve en una tienda de autoservicio, pregunté si necesitaba o quería algo y solo me pidió una cajetilla de cigarrillos; los compré.

Me dio referencias sobre cómo arribar al lugar, subimos Avenida Universidad y batallando un poco me sumé a una de las laterales en el cruce del Boulevard Isidro López, forzando un poco la velocidad del carro, así llegamos. Nos encontrábamos en la calle de Francisco Sánchez Uresti, a unos cuantos metros de las vías del tren.

La bestia sonaba a lo lejos, pero mis oídos estaban aturdidos por el pensamiento. Un vacío se me hizo en el estómago y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando Eduardo se encendió un cigarrillo y se posó en la barandilla del puente de donde había intentado tirarse apenas dos años atrás.

¿Qué sientes al estar en este lugar? Le pregunté

Guardó silencio por un momento que me pareció una eternidad, echó el humo fuera y contesta con una calma de esas que asustan:

“Nada. Ahorita ya no siento nada”.

Sus ojos brillaban con la caricia de las farolas sobre su rostro, parecía no moverse. Hice algunos disparos de cámara, esperando su aprobación o reproche, pero ningunos de los dos llegó, así que continué con las fotografías, al tiempo que me platicaba como había saltado más de un metro para llegar a una de las columnas que sostenía al puente y cuánto tiempo había pasado sentado, meditando su decisión, hasta que desistió.

Termina su cigarrillo y yo apuro el mío, le pregunto que si volvemos a casa, asiente tranquilo.

De regreso habría de ser lo mismo, platica de aquello y de esto otro; llegamos.

Me hace pasar a su casa, y le advierto de la presencia de su madre en ella. Amablemente me pasa a su cuarto y enciende su ordenador, mientras instalo todo para hablar con él.

En ese momento, Eduardo cruzaba un momento difícil: Había salido del Tecnológico de Saltillo, económicamente no se encontraba del todo bien, se sentía desplazado por su familia y el mundo le parecía algo tan monótono.

“Fue un día que desperté y te digo, no sé si fue algo que soñé. Pero ese fue el día en el que dije: ya. (…) Ese día me fui a comer con mi abuela y sí me acuerdo un chorro que mi mamá me decía que qué tenía y yo: pues nada. Luego nos venimos para acá, me metí a bañar y mientras me bañaba pensaba en cómo iba a ser la forma de despedirme. Ya salí, me puse a escribir a una carta, le dije a mi mamá que al rato regresaba (…) me fui, dejé la carta ahí pegada en la puerta y fui a comprar unos cigarros y una coca, y ya me fui caminando al puente”.

En la carta, Eduardo ofrecía una disculpa y deslindaba de responsabilidades a su familia, fue diagnosticado con depresión.

“Era todo en sí, me sentía ya harto, cansado, ya no quería saber nada. Me sentía harto de todo. Después ya me diagnosticaron con depresión y pues es lo que te explican, que la depresión hace que veas así la vida”.

Después de un salto de un metro, reposó sentado en una columna que sostenía el puente, hasta que un pensamiento cruzó su mente: su madre. Al pensar en el ser que le dio la vida, recapacitó un tanto, escaló el puente hasta estar a salvo y regresó caminando a su casa. Para este momento sus familiares y amigos ya habían emprendido una búsqueda exhaustiva y fue su padre quien lo encontró cerca de su hogar, con un cigarrillo entre los labios, se bajó antes de que Eduardo escapara y lo abrazó.

A pesar de que la tristeza era un móvil gigantesco, su fuerza de voluntad fue el doble de fuerte. Reparó en que debía tratarse y comenzó su terapia psicológica.

Primeramente lo medicaron en el CESAME, pero una plática con su mamá detuvo la compra de los antidepresivos, pues Eduardo creía que podía tratarse con un psicólogo antes que cualquier cosa. El psicólogo lo convenció de acudir al psiquiatra, y con una terapia de ocho meses, Eduardo Escobedo comenzó a ver la vida de otra forma.

Actualmente estudia psicología, pero no es su primera carrera universitaria, pues cuenta con un título de Ingeniería en Sistemas por parte de la UAdeC y busca superarse cada día más. No cree tener la posibilidad de recaer, pero considera que en caso de que eso sucediera, volvería a tratarse para sobrevivir.

“Hay muchos lugares donde te atienden por poco dinero, por ejemplo ahí en la Facultad de Psicología creo te cobran 40 pesos, 50 pesos la consulta. (…) Simplemente hay que verlo como salud mental: si tú te enfermas de gripa vas con un doctor; si estás enfermo de la cabeza vas al psicólogo (…) No me creo capaz de aconsejar a nadie, cada persona es diferente, pero para todo hay solución, no hay nada que no se puede solucionar”. Dice mientras el personaje del juego en su computadora vuela en un dragón en una cueva algo extraña. Me acompaña a la puerta y la agradezco por la charla, a la vez que prendemos al unísono un cigarrillo. Golpeo la colilla cuando este se termina y abordo mi vehículo, sonriendo por dentro por el testimonio de Eduardo, que sin duda, me inspiraba a continuar investigando.

Según la Organización Mundial de la Salud cada año se suicidan alrededor de 800mil personas en el mundo, registrando una muerte cada 40 segundos. A menos de un mes de terminar el 2018 ya se registran más 923mil y contando, de acuerdo al portal de contabilidad de decesos por suicidios “statisticide.com”

Frecuentemente tenemos la solución en las manos. Preservar la vida es tarea de todos. Escuchar no cuesta nada, y los abrazos son infinitos y gratis, ¿cuándo fue la última vez que regalaste uno sincero?

Un día después, el jueves 22 de noviembre, hice una llamada, quedé de ver a mi tercer testimonio en la fuente de Plaza Patio. Llevaba 10 minutos de retraso, él aguardaba ahí. Alejandro “N” de 28 años de edad, docente de varias instituciones educativas con un perfil bastante firme y estable.

Las luces de mi coche iluminaron una silueta encorvada, sin duda era el hombre que esperaba. Soné mi claxon y con un gesto le indiqué el asiento de copiloto, de un brinco se incorporó y se acercó corriendo. Se colocó el cinturón de seguridad y aceleré. El tráfico era bastante, no podía avanzar sin frenar cada cinco segundos. Con rumbo hacia el norte me frené en la esquina de Colosio y Musa de León, patrullas, bomberos y paramédicos abrumaban el lugar, una camioneta estampada en los panorámicos posaba irreconocible, me alarmé pero no mostré sorpresa alguna, me retorné en “u” y estacioné en una plaza comercial, apresuramos el paso al segundo piso y nos situamos en un café.

Luego de decidir nuestra orden y solicitarle al mesero un par de bebidas y pan comenzamos a abordar el tema que nos reunía esa noche ahí. Sin saber cómo comenzar le pregunté si prefería que suavizara mis preguntas, me respondió que no.

De su bolsillo sacó una caja de cigarrillos que postró en la mesa, me ofreció uno y él tomó otro; lo encendió.

Alejandro “N” relata su historia sin miramientos, la narra de manera directa y sutil. Criado por mujeres y conviviendo con una de sus primas con retraso mental hace que Alejandro tenga cada vez menos atención, por lo que comienza a pensar, con tan solo 14 años, sobre su muerte.

Mientras platica, los ojos se les llenan de agua pero su voz permanece intacta. Será por el humo de cigarrillo, pensé, sin embargo no perdí el hilo de la plática y continuamos.

El intento de Alejandro “N” data de cinco años atrás, cuando se alejó de su familia para vivir solo, motivado por el amor hacia una mujer. Tomó la correa de su maletín, la colocó en su closet e intentó ahorcarse, pero sus pies seguían topando con el suelo, por lo que encogió sus piernas y la asfixia comenzó.

“Fue como que un momento a lo mejor de bajón, pero de un momento para otro estaba mal y dije no pues ya, ¿para qué este sufrimiento? Estuve un rato, me acuerdo que la presión de los oídos no la aguanté (…) entonces sentí tanta presión, tanta presión y dije bueno pues afortunadamente si me puedo levantar. Y sí, me levanté, mareado. Casi me desmayaba y pues sí, la verdad es que no me atreví porque si dolía mucho (…) No pasó ningún pensamiento por mi cabeza, ni malo ni bueno”.

Alejandro “N” aún conserva sus marcas de dolor, como lo son las quemaduras de cigarrillo en su cuerpo y unos cuantos tatuajes que cada vez que se encuentra a solas en el baño, rememora los malos momentos para seguir siendo mejor.

“La verdad, ahorita estoy en una etapa de mi vida que me gusta mucho. Tengo mucho más trabajo, los problemas económicos desparecieron, mis hijos ya están bien grandes, se han vuelto muy independientes”.

Conformé avanza la conversación, le pregunto sobre una posible solución para sentirse acompañado o entendido y sin darse tiempo de pensar responde que en algunas ocasiones necesitas la compañía de una amistad verdadera para conversar sobre tus sentimientos, ya que a veces compartirlo con la familia resulta difícil y contradictorio.

La experiencia quedó grabada en su memoria, tal y como quedó en la mía. Cuando concluimos el tema, conversamos como dos viejos amigos, pues Alejandro “N” tenía historias muy entretenidas que contar y yo tenía mucho que escuchar.

Salí del café, aproveché para darle un aventón y continué mi camino, para perderme entre la noche, mis pensamientos y la tinta.

Muchas de las historias que acontecen en nuestra ciudad, quedan confinadas entre las paredes de una dependencia de salud mental, algunas otras vagan en lo alto de los puentes, transitan por las vías del tren o suspenden de la viga de un closet, aguardan pacientemente o con desdén hasta que algún día, con la frente en alto y con la voz firme alguien decida contarlas.

Línea de la vida: 018008223737

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