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EspecialOpinión

El límite del meridiano

Por: Cecilia Rivas 

Cuando empezó la guerra de Calderón, C.D. era un jefe de plaza de los Zetas en un municipio de Nuevo León. Le hago una sola pregunta. “¿Por qué te saliste?” y eso basta para comenzar una narración larga, poco pausada, que repasa los inicios porque se necesita saberlos para entender el final.

Vivió la separación del Cartel del Golfo. Al principio hubo desorden porque pasaron de ser los sicarios, soldados, el brazo armado, a ser administradores del negocio. Nació el Cartel de los Zetas y se apegó en realidad al adjetivo “organizado”. Empezó a moverse como una empresa. Existió entonces una estructura que C.D. ayudó a armar: arriba estaba el líder, seguido del grupo de todos los comandantes, (algunos siendo portavoces). A la par estaba el área administrativa conformada por contadores con estudios universitarios.

Los comandos depositaban a las cuentas designadas o les entregaban el efectivo a los administradores quienes se encargaban de determinar cómo se movería “la raya”. Seguían las estacas y los soldados, encargados de cuidar a los de arriba. Esos grupos salían de los campos de adiestramiento de la letra, pero antes habían sido militares, policías judiciales y ministeriales. De ahí el orden iba descendiendo hasta llegar a los halcones y los tienderos. Eran tan ordenados que prácticamente resultaban invisibles.
“Cuando empezó la guerra todo se prendió y se deshizo. Entonces los de la grande empezaron a agarrar gente a lo pendejo porque la guerra lo pedía. Los comandantes tenían gente para aventar al frente, así los comandos no se metían. Pero yo no, yo iba directo al jale, a la pelotera con toda mi estaca, igual que el comandante Cachorro”.

Él iba al frente porque para él no era solo un negocio. Ya tenía cosas más personales, un rencor con la vida. Lo dice sin pausas al hablar. Solo se detiene para encender otro cigarro. Aspira la primera vez y entre el humo salen las palabras.
“Lo más pesado fue en Jalisco. Nos mandaron hacer un grupo de choque. Nos fuimos en carros separados. Contratamos gente, mujeres y niños que quisieran conocer allá, para que pareciéramos familias. Llegando nos separamos. Les pagamos unas semanas de vacaciones allá y nosotros nos fuimos al jale”.

En el comando y la estaca de C.D., cada persona tenía su trabajo. Las funciones que desempeñaban en el ejército eran las mismas que en el cartel. Los técnicos en radiocomunicación rastreaban a los objetivos, a los “contras” de otros cárteles y hasta a los políticos. Algunos integrantes se encargaban de que llegaran las armas; otros de tener checados a los objetivos. Todo bien distribuido y, al llegar toda su gente, hacían “los jales”.
“Sí tuvimos bajas, pero no tantas. Murieron cuatro de treinta que llegamos. Desde ahí nos movimos a pegar a todos lados, pero no decíamos que éramos los Zetas, no poníamos cartelones ni esas cosas”.

Le cuestiono si pensaba que no iba a sobrevivir. Dice que no le importaba. No tenía esposa, familia ni hijos. Dormía pensando cómo hacer más eficiente el trabajo y despertaba para aplicarlo. Cuando estaba en la línea de guerra o “la pelotera”, como él le dice, solo pensaba en disparar y cubrir a los otros. Después de explicarme eso, comienza a responder la pregunta inicial.

“Cuando nos dimos cuenta de que la compañía iba a valer verga por el desorden, me abrí. Para yo salirme, empecé a socializar más. Yo nunca andaba de cotorreo antes, puro jale. Pero conocí más raza, la peor que te puedas imaginar. Hablé con los que quedaban de los grandes. Me tocó suerte que había tíos arriba. No más me dijeron que tocaba repartir el dinero entre la gente”.

C. D. llevaba tiempo ahorrando porque sabía que se lo iban a pedir. En efectivo tenía poco. Solo juntó cerca de cinco millones en maletines. Todo lo demás estaba invertido en casas y carros. Traspasó todo a prestanombres, como si los hubiera vendido, aunque en realidad eran un pago.

Antes de irse, lo invitaron a cotorrear en una cantina de Saltillo. Cuando entró, le dijeron que era su fiesta de despedida.
“Supe que me iban a matar. Pistie, me metí coca. Hasta fume piedra, yo nunca había fumado eso. Me dio igual, pensé que ahí mismo me iban a fumar. Pero no me hicieron nada. Me dejaron ir vivo ese día”. Salió de la cantina y, después de eso, se les perdió.

Dejó de tener comunicación con todos. Quienes lo encontraron, lo amenazaron un par de veces para que volviera. Pero a la media hora marcaban disculpándose, porque los parientes de C.D. seguían siendo de los grandes en la letra. Nadie se quiso meter con él después de eso. Solo los contras; esos todavía eran sus enemigos.

Hoy esta recargado en una barda de su barrio, de donde salió solo para volver igual años después. Ya se va metiendo el sol a su espalda y su sombra va desapareciendo.
“Todavía estoy asqueado de la idea de poder que nos compramos. Casi todos nos metimos para salir de jodidos, pero al último seguimos igual de jodidos. Nada más los que entraron ricos salieron con más feria y ahora tienen a sus hijos como políticos o empresarios. De ellos, hasta los que murieron adentro tienen tumbas grandes, con oro. Y de los míos todavía ni encuentran los cuerpos”.

Le pregunto si no tiene miedo de hablar y que lo busquen. Se encoje de hombros, fuma otra vez. Me contesta que los ricos no van a arriesgarse. Y, de los otros, casi todos están muertos o en la cárcel; en cualquier caso, están hundidos. Ya no hay quién lo pueda perseguir.
“Todavía veo a mis carnales, a los que quedaron vivos. Los que fueron detenidos por homicidio ya andan afuera porque les sacaron la declaración con tortura. Nada más los dejaron guardados mientras salía Calderón. Algunos de los que quedaron sin antecedentes penales volvieron a ser policías”.

Otros se dedican a ser taxistas o terminaron en las fábricas, incluido C.D. Todos tienen problemas en el trabajo. Conflictos con los jefes porque “a poco nos va a pendejear un wey que no tiene huevos; un güero” me dice y se le arruga la piel entre los ojos, indignado.
Por eso no logró regresar a la universidad. Lo intentó, pero un mando no está listo para que los académicos “maricones” lo traten como si fuera nadie. Se salió a los dos semestres. De eso hace casi diez años.

Le pregunto qué extraña de su tiempo como mando. Sonríe y confiesa. “Siempre me quedo con ganas de dinero. Ve, antes con tres, cuatro, cinco botellas de Buchanas y una de tequila para que amarrara, con la mesa llena de coca. Si no me gustaba un carro, lo cambiaba. Qué chingados iba a andar fregado por un carro”.

Mil doscientos pesos a la semana es su salario; la centésima parte de lo que estaba acostumbrado a traer en las bolsas. “Me distancié de los que siguen adentro de la grande. Porque a veces ando batallando y sé que me van a ofrecer jale para el apuro. Mejor les saco la vuelta. Además, sí te cala verlos a ellos con lujos y a ti jodido”.

Por primera vez en toda la tarde, se queda callado un momento. Me pide no escribir su nombre; espera que su hijo nunca sepa dónde anduvo, para que no quiera moverse en lo mismo. “Todavía me deprimo a veces…” Entonces un sentimiento diferente le asoma de los ojos, una tristeza que va más allá de lo económico y parece responder a algo más humano. “Pero de eso, de lo personal, no me gusta hablar” me dice, mientras lo último del humo le sale de los labios. Tira la colilla a sus pies y da la vuelta sin despedirse. Anocheció, tiene que descansar. A las cinco de la mañana lo espera la línea de producción en alguna fábrica de la ciudad.

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