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EspecialOpinión

El progreso del terror

Por: Jesús Iván Jiménez Moreno

El tema de la violencia percibida en el país desde la guerra que fuerzas policiacas y ejército mexicano comenzaron contra el crimen organizado, se apropió de los medios de comunicación, o de la comunicación misma, pues, aún sin ser contenido de información en periódicos, provoca una situación de terror a partir del miedo generado en las personas y del pánico colectivo, ante la percepción de riesgo e inseguridad como consecuencia de los asesinatos multitudinarios, las desapariciones y el peligro constante.

El miedo, el terror y el pánico como reacciones colectivas

Joanna Bourke (2006) en entrevista para El País comenta que “incluso los miedos más personales tienen una dimensión social, interactúan con la familia, el grupo. Siempre hay una dimensión social, se proyectan en la sociedad y eso permite gestionarlos y manipularlos”. Para hacer una distinción entre las dimensiones de miedo, Bourke agrega que existe:

(…) el estado de miedo, en el que el miedo es algo externo a ti, identificable, y el de inquietud (…), en el que ese miedo está dentro, no se concreta, fluye. Eso tiene un aspecto político, porque en el miedo externo puedes combatir la causa, o huir, pero en la inquietud no puedes identificar al enemigo. Ese miedo, entonces, es fácilmente manipulable con chivos expiatorios: los musulmanes, los inmigrantes. El chivo expiatorio permite convertir la inquietud en miedo externo. (Atón, 2006)

 

El miedo puede ser comprendido como una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, caracterizada por un intenso sentimiento desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto. Sin embargo pueden producirse emociones o situaciones derivadas del miedo, como el terror o el pánico.

Méndez comparte además que para Freud el pánico se produce cuando una multitud comienza a disgregarse y se caracteriza por el hecho de que los individuos comienzan a cuidarse de sí mismos, sin atender a otras personas. Así, surge un miedo inmenso e insensato, provocado por la magnitud del peligro o por la ruptura de lazos afectivos “que garantizaban la cohesión de la masa” (Barrera Méndez, 2010, pág. 9)

Uno de los aspectos emocionales más utilizados a lo largo de la historia del ser humano es el miedo, ya sea para implementar o derrocar un orden social como lo fue en la formación del Estado nación francés, antes, durante y después de la revolución de 1789, o bien como amedrentador en la gran cantidad de pensamientos religiosos que se generan en la cultura occidental. Miedo, terror, pánico y temor son sólo algunos de los nombres que se da a la cuantificación y cualificación de ese sentir que el hombre constituye a partir de situaciones de incertidumbre (Estrella Juarez, 2013, pág. 207)

Retomando la entrevista a Bourke (2006), la autora sostiene que el miedo ha guiado el siglo XX y que se trata de una emoción básica, más fácil de estimular o manipular que el odio. Además agrega que el objetivo y la intensidad del miedo ha variado, surgiendo también nuevos miedos a consecuencia de las innovaciones tecnológicas así como por la difusión de las noticias que generan miedo.

Los miedos colectivos se forman en una sociedad que padece una serie de eventos desagradables, sean reales o ficticios. La utilización del miedo ha provocado una gran cantidad de fenómenos sociales, culturales y económicos, justificando el uso de la violencia por el sistema político para obtener orden o progreso.

El miedo es un mediador social, es decir, a pesar de que el miedo depende o se justifica conforme al paradigma de cada momento histórico, el miedo ha sido utilizado por y mediante la misma sociedad para dar una cierta calma, orden o estabilidad a las diversas épocas en las que se ha visto involucrado el hombre y sus emociones. (Barrera Méndez, 2010, pág. 208)

Resulta sencillo observar una tendencia a la aceptación de actos violentos, tendencia que se produce según Gonzalbo, Staples y Torres (2009) por medio de: 1) los principios, tradiciones o costumbres que justifican actitudes agresivas en convivencia; y 2) cuando los valores culturales se desmoronan, perdiendo la cultura su reguladora, produciendo circunstancias patológicas de desorganización social, generando un entorno de miedo y terror (pág. 210).

 

El terror de la desaparición forzada

A través del trabajo de Mastrogiovanni (2014) se obtiene una diferencia entre el miedo y el terror por parte del historiador Pietro Ameglio, para quien el terror paraliza permitiendo que se desarrolle un proceso de guerra donde “se libera la calle, se libera el territorio del delito y los que controlan el territorio pueden actuar con impunidad total”.

En una situación o entorno donde se presente miedo y terror se puede producir cambios favorables o desfavorables para actores y sectores de una sociedad. Naomi Klein (2006) otorga a esta situación, en un contexto histórico contemporáneo, el nombre de la doctrina del shock haciendo alusión a una terapia de electroshocks a través de la cual se modifica la conducta de una persona. Para Klein, un desastre original lleva a la población de un territorio a un estado de shock colectivo, preparando “el terreno para quebrar la voluntad de las sociedades” (pág. 23)

 Controlar un territorio forma parte del relato oficial que ha mediatizado el Estado respecto a la guerra contra el crimen organizado. Gonzalbo refiere que esto sirve para explicar la violencia como consecuencia de la competencia del narcotráfico puesto que “no existe nada concreto (…) que se pueda ganar con una masacre de pandilleros (…) salvo quitarlos de en medio y (…) hacerse con el control del territorio” (2012). Explicando esta violencia también el despliegue del Ejército que solo tiene la función de tomar o recuperar territorio.

Estas acciones se observan entre 2010 y 2014, tiempo que abarcan las precampañas no oficiales para las elecciones presidenciales de 2012 y la aprobación de las reformas estructurales, incluida la Reforma Energética, en la que se permite a la inversión privada y extranjera hacer exploraciones y explotar los recursos como petróleo y gas que, por ejemplo, abundan en la Cuenca de Burgos, la cual se encuentra en Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Veracruz.

Declaraciones como las del obispo Raúl Vera proponen que esta situación es una “estrategia de la violencia del crimen organizado, unida a la del Ejército contra la población, es una estrategia política de control social y de territorio (…) para poner contra la pared a la población para hacer todas sus reformas estructurales” (Rosagel, 2016) a través de asesinatos y desapariciones.

Así, un grupo delincuencial que se constituye a partir de cuerpos especiales del ejército mexicano (Mastrogiovanni, 2014, pág. 34) siembra y construye una situación de terror en el noreste del país, a través de imágenes que fueron expuestas por los medios de comunicación desde los primeros estragos de la guerra contra el narcotráfico.

México aprobó reformas que permiten la inversión privada y extranjera en la explotación de los recursos energéticos, el supuesto progreso, donde pueblos y pequeñas ciudades han presentado una disminución demográfica, lo que se traduce a territorios libres para llegada de empresas que encontraran ciudadanos sin voluntad, con el único deseo de trabajar y salir de una situación de terror.

El desaparecido es una construcción social en un modelo de la guerra y del terror. No es una cosa casual que de golpe en algunos países, como en México, por accidente ya no se encuentren las personas. No, es una construcción totalmente racional y metódica, muy importante como base para no creer que es un accidente de la guerra; es una vuelta de tuerca en todo el proceso bélico con un nivel de sadismo, de perversión, de terror, de dolor brutal. (Ameglio, 2014)

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