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Literatura

Emily Dickinson: El canto de lo sublime

Sorprende que sean necesarios tres tomos para contener la poesía completa de Emily Dickinson y que de los más de 1500 poemas que escribió, ninguno haya sido publicado durante su vida. Mucho se ha dicho acerca de la poeta norteamericana: su formación puritana; la buena posición de su familia; su voluntario aislamiento; sus lecturas de la Biblia y Shakespeare. Todo esto ha contribuido a la creación de una figura mítica, semejante a la de otros grandes como Baudelaire y Rimbaud, pero la lectura de su poesía nos acerca a la Emily de carne y hueso, la que con sencillez y humildad logra iluminar los misterios del alma.

La poesía de Emily Dickinson es una constante afirmación de las limitaciones humanas, “Eres humano solo, ser frío y solitario”. La poeta pronuncia la derrota anticipada desde los primeros versos None cannot find who seeketh, on this terrestrial ball[1]. Saberse vencida y aún así alzar la voz no es lamentarse sino aspirar a lo más alto, comprender que la grandeza nos está vedada “tus ojos están ciegos tristemente”, saber que las pequeñas cosas constituyen las ganancias de la existencia: “De un ovillo tan simple como éste/ podría depender una victoria/ por marchas tan sencillas / ondearon banderas de países.”

Octavio Paz apunta en El arco y la lira: “Dos fuerzas antagónicas habitan el poema, una de elevación o desarraigo, que arranca a la palabra del lenguaje; otra de gravedad, que la hace volver”. El mérito de Emily es utilizar el lenguaje coloquial para expresar las más hondas palpitaciones del espíritu. En sus poemas hay un diálogo constante entre lo espiritual y lo material, entre lo terreno y lo que hay más allá, lo que se desconoce pero acaso se logra vislumbrar a través de la palabra:

 

En el mar prodigioso,

navegando en silencio,

¡Eh, Piloto, eh!

¿Conoces tú la orilla

donde no rugen las olas

y la tormenta ya pasó?

 

En el oeste en calma

muchas velas descansan

las anclas bien echadas

Allí yo te conduzco

¡Eh, tierra! ¡Eternidad!

¡Nuestra orilla por fin!

Emily Dickinson busca constantemente la trascendencia, pero es consciente de sus limitaciones: “Qué lejano está el cielo / para una mano humana”.  Por eso es que la pérdida y la derrota están presentes en toda su obra. La poeta no acepta la pérdida con la resignación estoica del filósofo, sino con la humildad del niño que por primera vez observa el otoño, sabiendo que las cosas perdidas retornarán:

 

Yo nunca me quejé

de que un pájaro mío

haya volado.

Pues más allá del mar

la nueva melodía aprenderá

y volverá a mi lado.

La poeta de Amherst incluso brinda por las cosas perdidas. Mucho antes que Elizabeth Bishop, Emily Dickinson ya había aprendido ese maravilloso arte de perder

 

Llenaría mi copa

Brindaría con todos mis amigos

Por lo que ya no pasa

Por arroyos, por tierras quemadas, por los páramos.

Aceptar la pérdida es una cosa pero brindar por ella es desearla, saber que es necesaria para aspirar a un fin superior. La misma poeta lo explica en uno de los poemas que podrían definir toda su obra:

 

El éxito es más dulce relatado

Por aquellos que nunca lo tuvieron.

Valorar bien un néctar

Requiere extrema sed.

 

Ninguno del ejército purpúreo,

Ninguno de los que hoy llevaron la bandera

Dará jamás una definición

Tan clara de Victoria

 

Como aquél que cayó, y está muriendo,

En cuyo oído vedado

Las lejanas fanfarrias de los triunfos

¡Empiezan a sonar agónicas y claras!

Para Emily Dickinson, el éxito, la victoria y las fanfarrias no son otra cosa que la trascendencia. Aquello tan sublime y anhelado que jamás se alcanza, pero acaso se admira a la distancia. El hecho de que la trascendencia sea algo desconocido es su principal motivación y lo que otorga belleza a su obra: una búsqueda constante que no encuentra algo concreto sino sólo un indicio. La importancia de este poema está en los últimos dos versos: “Las lejanas fanfarrias de los triunfos / ¡Empiezan a sonar agónicas y claras!”. Para Emily las campanadas de la trascendencia y lo sublime solo repican una vez a la distancia y sólo los oídos derrotados son capaces de escucharlas.

Identificarse con la derrota no es ninguna casualidad; desde la antigüedad ella despierta un sentimiento de empatía propio del ser humano. Por eso creemos que es Héctor y no Aquiles el héroe; Héctor aquel que prepara su escudo y sale a pelar sabiendo que no encontrará la victoria. Creemos que son los troyanos y no los griegos los verdaderos héroes, los que siguen peleando a pesar de ver arder su ciudad. Por eso Virgilio eligió a un troyano y no a un griego para escribir su Eneida. A propósito de esto, Jorge Luis Borges escribe: “Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados, y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria.”

La naturaleza juega un importante papel gracias a la inocencia y humildad con que la autora la observa. Emily sabe que la búsqueda de la trascendencia está limitada a las estrecheces del mundo, pero en lugar de lamentarse la poeta goza de la naturaleza y encuentra en ella un fragmento de tan anhelado deseo.

 

No te preocupes, Austin, por los bosques marchitos

No te preocupes por los callados campos.

He aquí un bosquecillo

Cuya hoja es perenne;

Un jardín más brillante que no conoce el hielo;

En sus flores eternas

Oigo el claro zumbido de la abeja.

El mar, el canto de los pájaros y el florecimiento de las rosas adquieren significados trascendentes, son aquellas cosas anheladas y arrebatadas constantemente por el Otoño, símbolo de la pérdida en la poesía de la norteamericana. La solución no es el lamento ni la resignación sino la fe que mantiene al espíritu firme y le impide doblegarse.

 

Un carmesí Petirrojo

tenía, y él cantaba todo el tiempo.

Cambió el color de los bosques

y él también se marchó lejos.

El tiempo trajo otros Petirrojos

son las mismas sus canciones

Pero yo, todavía, para aquel Trovador

mantengo la casa en orden.

Encontrar en la naturaleza aquellas cosas perdidas requiere humildad y, sobretodo, gran capacidad de observación. Pero para la poesía hace falta algo más, interiorizar lo observado, dejar que la palabra y el espíritu se fundan para hallar una nueva expresión.  Emily escribe de la naturaleza absorbiendo todos sus cambios y matices, haciendo suyos todos sus elementos. Sublimes y sencillos, sus poemas logran encarnar los deseos y enigmas del espíritu; la misma poeta se sabe inferior a las cosas de la naturaleza y, como si de la trascendencia se tratara, aspira a ser parte de ella.

 

Un sépalo, un pétalo, una espina,

en la humilde mañana de verano,

un poco de Rocío, una Abeja o dos

una Brisa, una Broma allá en los árboles

¡Y ya soy una Rosa!

Lejos de la imagen mitificada de Emily Dickinson, su poesía nos revela a la muchacha de Amherst que hace de su propia búsqueda de la trascendencia una búsqueda Universal de lo Sublime. En su poesía palpita el espíritu de la Humanidad, los enigmas sin resolver y las grandes preguntas, pero si bien la poeta nunca otorga una respuesta concreta, sí logra vislumbrar la victoria final que se consigue después de la derrota. La poesía de Emily Dickinson es una búsqueda por encontrar aquel instante en el que diremos: ¡Detente! Eres tan bello.

 

Bibliografía.

Emily Dickinson, Poesías completas trad. José Luis Rey. Madrid: Visor. (2015)

Jorge Luis Borges, Arte poética. Seis conferencias.Barcelona : Crítica. (2001)

Octavio Paz. El arco y la lira. México:FCE. (1956)

[1]José Luis Rey traduce este verso como “No hay nadie que no busque en el orbe terreno”, sin embargo esta traducción destruye la esencia del verso, el cual anuncia la imposibilidad de encontrar lo que se busca. Una traducción libre de este verso es la siguiente: “Nadie encuentra lo buscado en este orbe terreno”.

 

Por: Carlos Enrique Montes González

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