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Fea como blasfemia

Vale­ria Zama­rri­pa Lozo­ya

Me gus­ta­ría que antes de comen­zar a leer, dejes atrás todo pre­jui­cio sobre la mujer. Si eres cre­yen­te de la pata­ne­ría que se pro­nun­cia con un “toda mujer es her­mo­sa a su mane­ra”, si tú eres de los que dicen que la belle­za inter­na impor­ta más que la exter­na, si algu­na vez en la vida has teni­do la osa­día de blas­fe­mar al decir que cuan­do alguien paga por ti o tie­ne una aten­ción es enton­ces un machis­ta, misó­gino y retró­gra­da, haz­le un favor a tu men­te y cie­rra el tex­to lo antes posi­ble.

O qué­da­te y explo­ta.

No es cues­tión de baja auto­es­ti­ma. Es el rea­lis­mo que lle­vo en los ojos que pre­su­me el con­cep­to de “fea”, gra­bán­do­lo cru­da y direc­ta­men­te en todas las par­tes de mí.

Y es que no son más que fala­cias aque­llas pro­me­sas divi­nas que nos obli­gan a creer­nos bellas. No, no, no, ¡mil veces no! ¡No quie­ro ser boni­ta sólo por ser mujer! No todas las muje­res son boni­tas, así como no todas las flo­res des­pren­den un bello aro­ma; y no sé si es par­te de la hiper­sen­si­bi­li­dad de la nue­va gene­ra­ción o de los con­cep­tos arcai­cos de sobre­pro­tec­ción hacia la espe­cie feme­ni­na, pero hay que acos­tum­brar­nos y acep­tar: si eres gua­pa, ben­de­ci­da seas; si eres fea, como yo, bien­ve­ni­da al mun­do difí­cil don­de tie­nes que creer­te algo que no eres.

Me nie­go con todas mis fuer­zas a ser lla­ma­da “boni­ta” por lo que tus ojos, nubla­dos con con­cep­tos femi­nis­tas y amor a la huma­ni­dad, pue­dan obser­var. Doy un rotun­do No a reci­bir un “pre­cio­sa” de quien pre­ten­de hacer­me sen­tir mejor. Abo­rrez­co un “luces divi­na” de cual­quie­ra que crea que así podrá ganar algo. Y me asquea ser lla­ma­da boni­ta, por­que no lo soy. Y eso, lec­to­res, ¿tie­ne algo de malo? ¿No? ¿Enton­ces por qué con­di­cio­nan nues­tra auto­es­ti­ma a un con­cep­to tan soso? ¿Enton­ces por qué está mal saber­te y acep­tar­te fea?

Y ten­go un solo moti­vo para lla­mar­me fea, para saber que la mayo­ría de aque­llos que me han hala­ga­do son solo el pro­duc­to de algo que yo he crea­do. Es muy fácil usar todo a mi favor, son­reír; es tre­men­da­men­te sen­ci­llo enga­ñar a sus men­tes con una cons­truc­ción pro­pia: Vale­ria con maqui­lla­je y cabe­llo pro­du­ci­do, Vale­ria sin maqui­lla­je pero cui­da­do­sa­men­te  arre­gla­da, Vale­ria des­arre­gla­da pero deci­di­da a com­por­tar­se y lucir como una boni­ta segu­ra de sí.

El con­cep­to de la belle­za no debe­ría gene­ra­li­zar­se, y si eso fue­ra tan real como nos lo pre­sen­tan, ¿por qué habla­mos siem­pre de belle­za físi­ca sepa­ra­da de la inter­na? ¿Es un todo sepa­ra­do, o dos par­tes inde­pen­dien­tes que se dise­ña­ron para ser ensam­bla­das? Déja­me expli­car­te, que­ri­do lec­tor, que yo no entien­do abso­lu­ta­men­te nada. No soy boni­ta de la mane­ra físi­ca pues no cum­plo los requi­si­tos del este­reo­ti­po, pero enton­ces no cum­plir­los tam­bién te hace boni­ta; y si ser o no boni­ta defi­ne tu auto­es­ti­ma (supo­nien­do, cla­ro, que somos sin­ce­ros con noso­tros mis­mos) es impor­tan­te creer­te boni­ta, y cae­mos en otro este­reo­ti­po.

Soy fea. Me enor­gu­llez­co de ser­lo. Me gus­ta caer al vacío del atra­so en la men­ta­li­dad huma­na en el que el taxis­ta pre­fie­re a la boni­ta, en el que solo pasas pri­me­ro si eres boni­ta, en el que pue­des no pagar la cita por­que, obvia­men­te, tie­nes muchas citas (por­que eres boni­ta). Me gus­ta pri­var­me de todo eso por­que me con­fir­ma de muchas mane­ras que soy fea, y me gus­ta ser así.

Es asom­bro­so como el no ser agra­cia­da te lle­va entre muchas mareas dis­tin­tas y des­co­no­ci­das. Entien­des la reali­dad de que en tiem­po de gue­rra cual­quier agu­je­ro es trin­che­ra. Y sí, te toca siem­pre ser trin­che­ra, así como al gor­di­to le toca siem­pre ser por­te­ro. Y pue­do per­mi­tir­me un con­se­jo al res­pec­to: apren­der a dis­fru­tar­lo. Explo­tar  tu feal­dad al máxi­mo y no per­mi­tir ser enga­ña­da de nin­gu­na mane­ra con esas horri­bles expre­sio­nes con las que se hala­ga a las demás. Hacer de mí  el con­cep­to ínte­gro; no exis­ten las belle­zas dis­tin­tas, soy o no soy.

Y es aquí don­de lle­ga el pun­to cla­ve: para uste­des, per­so­nas super­fi­cia­les, soy fea. Y soy una fea con una “boni­ta per­so­na­li­dad”, así como hay boni­tas “feas por den­tro”. Y, de nue­vo, me nie­go a reba­jar­me a eso. Ten­go un moti­vo para con­si­de­rar­me fea, y es que soy más que un con­cep­to abs­trac­to, más que una corrien­te de igual­dad, soy más que algo entre barre­ras de bue­na o mala.

Soy todo un mun­do, un uni­ver­so com­ple­to cuan­do me apa­siono. Soy amor y odio, luz y oscu­ri­dad; no soy un equi­li­brio entre apa­rien­cia y ban­de­ras ideo­ló­gi­cas, al con­tra­rio, soy un des­equi­li­brio que nadie cono­ce, par­cial­men­te expues­to a los lími­tes del con­cep­to de ambas belle­zas, siguien­do un pro­to­ti­po de per­cep­ción.

Soy fea por gus­to, por amor pro­pio, por­que mi cuer­po y mi alma no le agra­dan a cual­quie­ra, inclu­yén­do­me. Y no digo que no me agra­de, al con­tra­rio; fue difí­cil al prin­ci­pio acos­tum­brar­se a la vida don­de te resig­nas a per­se­guir la opor­tu­ni­dad, a luchar el doble por quien o por lo que quie­res. Me acos­tum­bré a no inten­tar expli­car­le al mun­do que no soy dos belle­zas, soy fea, con efe de foco fun­di­do, para todo aquel que no quie­ra des­cu­brir lo que sigue.

Y el siguien­te nivel es el que sólo pue­den notar los que aman, esos que tam­bién son feos por con­cep­ción ente­ra: se tra­ta de todo aque­llo que se hace des­de aden­tro, que lle­va una ins­pi­ra­ción y una pasión que hace olvi­dar cual­quier otra pala­bra que no sea “sue­ño”. Y todo aquel que se dé el tiem­po y la opor­tu­ni­dad de con­ver­tir­se en un feo para sí mis­mo, que se aban­do­na den­tro de su cons­truc­ción y se har­ta de ser gua­po para los demás, todos esos somos los que des­cu­bri­mos la ver­dad.

Y no, no se pue­de ser boni­to sin dis­tin­ción por ambas belle­zas, todos somos feos en con­cep­to gene­ral por­que hay man­chas, erro­res, cami­nos des­via­dos y almas tris­tes; todos somos feos, y es boni­to, y está bien.

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