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Harvey Weinstein y la inexistente empatía del mundo

Por: Pao­la Sala­zar

En algún pun­to de la vida escu­ché que es infi­ni­ta­men­te peor ser sedu­ci­do que ser vio­la­do, ya que en la seduc­ción par­ti­ci­pa­mos volun­ta­ria­men­te en nues­tra pro­pia degra­da­ción.

Actual­men­te han sali­do a la luz una serie de decla­ra­cio­nes en torno al cono­ci­do pro­duc­tor Har­vey Weins­tein don­de se le acu­sa de crí­me­nes sexua­les en con­tra de varias actri­ces. Pero ¿cuán­tas de las muje­res que aho­ra acla­man vio­la­ción fue­ron sedu­ci­das por Har­vey?

No es que tra­te de jus­ti­fi­car los actos abo­mi­na­bles que sabe­mos come­tió, sólo que en esta socie­dad nos ense­ña­ron a nor­ma­li­zar cada uno de estos actos, esta­mos cega­dos por una moral inexis­ten­te lle­na de hipo­cre­sía que per­mi­te abu­sos meno­res y mayo­res con­tra todo tipo de seres, don­de no es fácil encon­trar jus­ti­cia y sim­ple­men­te es mejor mirar a otro lado.

Esta­mos fren­te a un pro­duc­tor que nos ense­ñó a apo­yar los pro­yec­tos inde­pen­dien­tes,  obras que defen­dían ideas revo­lu­cio­na­rias, alguien que fue más allá del pen­sa­mien­to con­ven­cio­nal de Holly­wood. Gra­cias a él pudi­mos acer­car­nos al cine de Quen­tin Taran­tino como con Perros de Reser­va, una obra maes­tra don­de vimos esa esce­na del cor­te de ore­ja que pro­ta­go­ni­zó Michael Mad­sen y que rom­pió esque­mas en las for­mas de expre­sión y cen­su­ra de nues­tro tan que­ri­do sis­te­ma, o El Dis­cur­so del Rey, pelí­cu­la por la que nadie apos­ta­ba y que final­men­te con­sa­gró a Colin Firth a pesar de ser inglés, o qué decir de Sha­kes­pea­re Enamo­ra­do, don­de Gwy­neth Pal­trow alcan­zó noto­rie­dad y la aca­de­mia pre­mió con el Oscar a mejor pro­duc­ción a nues­tro que­ri­do Har­vey.

Esta­mos fren­te a una indus­tria que nos ven­de sue­ños, pero que deja el poder en las manos de cual­quie­ra, por lo que todas esas ilu­sio­nes en celu­loi­de que­dan vacías tan­to para el espec­ta­dor como para los par­tí­ci­pes ante even­tos como este. No sabe­mos cuán­tas víc­ti­mas se hayan que­da­do en el camino para poder trans­mi­tir la feli­ci­dad que expe­ri­men­ta­mos al ver una pelí­cu­la.

Y me dirán: el abu­so de poder exis­te en todos los ámbi­tos, y sí, es cier­to. Pero este en par­ti­cu­lar resal­ta por­que el cine es el arte que entra por los ojos y nos lle­ga direc­ta­men­te al cora­zón.

¿Cuán­to tiem­po tuvi­mos que espe­rar para dejar de lado la indi­fe­ren­cia a esta cla­se de actos?

Pasa­ron dos déca­das y dos com­pa­ñías fun­da­das por los her­ma­nos Weins­tein antes de saber y enten­der la mag­ni­tud del pro­ble­ma. Y que un abu­so, pro­pues­ta o vio­la­ción dejen de ser con­si­de­ra­dos como anéc­do­tas que pasan sin más ni menos por el sim­ple hecho de con­se­guir tus sue­ños. Sien­do un caso públi­co podre­mos ver que la jus­ti­cia haga algo en pro de todas las víc­ti­mas o segui­re­mos vivien­do den­tro del cine que Har­vey dejo atrás.

El caso de Har­vey nos obli­ga a ver a nues­tra socie­dad como lo que real­men­te es: un jue­go don­de el que tie­ne poder gana, y quien lucha por sus idea­les nor­mal­men­te ten­ga como des­tino un papel dra­má­ti­co cual vil pelí­cu­la nomi­na­da por la aca­de­mia.

La ven­ta­ja es que todo esto nos ayu­da a refle­xio­nar ¿Qué cla­se de per­so­nas que­re­mos ser? ¿Está bien ser un espec­ta­dor más? ¿El poder nos haría per­der empa­tía hacia otros?

No pode­mos per­mi­tir que este tipo de situa­cio­nes se repi­tan y con­vier­tan en algo común. De ser así deja­re­mos que ter­ce­ros nos inclu­yan invo­lun­ta­ria­men­te en una pelí­cu­la de terror sin un final cer­cano.

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