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Literatura

La diversidad en la prosa de Virginia Woolf

Por Carlos Enrique Montes González

Sergio Pitol afirma que “todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda”. Si alguien se caracteriza por esa sinceridad es Virginia Woolf; su escritura, hay que reconocerlo, no es sencilla, pero logra claridad y precisión, de tal manera que el lector siente simpatía y complicidad. La escritora inglesa es capaz de abordar temas profundos y explicarlos, sin pretensiones, al más simple de los mortales.

Virginia Woolf publicó nueve novelas, pero fue hasta la publicación de La señora Dalloway, la cuarta, que la autora comenzó a ser reconocida en el panorama literario de su época. En ella la trama no es lo importante (una señora haciendo los preparativos para dar una fiesta) sino la inmersión en los pensamientos de los personajes que confluyen en el Londres posterior a la Primera Guerra Mundial.

El segundo plano que toma la trama de la novela con respecto a los pensamientos de los personajes, que ocupan el primer plano, nos dice una cosa: Virginia está renovando la escritura y demuestra que la frontera entre la narrativa y la lírica es inexistente. Pero Virginia no sólo derriba esta frontera, sino también la que existe entre el ensayo y la narrativa. Su libro Un cuarto propio toma elementos de la ficción literaria con dos objetivos: hacer el ensayo más ameno y lograr que la tesis central sea comprendida.

El ir y venir de un género a otro no es un capricho del escritor; éstos no son estructuras rígidas sino maleables, se ajustan al pensamiento que se quiere plasmar en un texto. Por esta razón, hay textos que encuentran en la mezcla de géneros el medio apropiado para expresar fielmente lo que el autor quiere transmitir. Los dos libros aquí mencionados se caracterizan por la diversidad de elementos con los que cuentan. El primero, La señora Dalloway, tiene una trama o diégesis (como le llaman los teóricos) tan simple que, si se revelara con anterioridad, es probable que se piense en un libro tedioso: una señora de la alta sociedad londinense se prepara para dar una fiesta y su primera acción es ir a un local a comprar flores. Sin embargo, no es la historia lo que mantiene al lector enganchado. Durante la preparación de la fiesta circulan una serie de personajes cuyas acciones son casi irrelevantes, lo importante en ellos es su pensamiento, su mundo interior, el flujo de conciencia, la batalla del pensamiento con la que luchan internamente.

De esta manera se nos presenta, en primer lugar, a Clarissa Dalloway, quien recuerda su vida en Bourton, a Peter Welsh (su antiguo novio) y a Sally (amiga más que entrañable de su infancia). Durante ese recorrido por Londres, el lector puede sumergirse en el pensamiento de Clarissa, en donde se contrasta su anterior vida con la de señora de alta sociedad que tiene ahora. “No, ahora las palabras no significaban nada para ella. Ni siquiera podía percibir el eco de su antigua emoción.”

Otros personajes que confluyen en esta historia son Peter Welsh y Hugh Whitebread. El primero es el antiguo novio de Clarissa, un inglés con espíritu aventurero que se enamora en la India de una mujer casada y, además, menor que él. El otro es el prototipo perfecto de la aristocracia londinense, el esnobismo encarnado. Virginia describe a Hugh Whitebread como “un perfecto producto de las escuelas privadas inglesas. Sólo Inglaterra podía producir tipos así.”

Así como estos personajes se mueven en el círculo de la alta sociedad, hay otros que permanecen al margen, tal es el caso de Septimus y de la señorita Kilman. El primero es un soldado cuya valentía en la guerra le valió diversas condecoraciones, pero le dejó un trauma profundo; recorre las calles de Londres acompañado de su esposa, una italiana que se dedica a la confección de sombreros, y libra a cada instante una lucha interna con sus pensamientos. Esa inmersión en la mente de Septimus es de suma importancia para la novela, ahí es donde más se aprecia la intensidad lírica de la prosa de Virginia; de no existir tal inmersión, el lector pensaría, al igual que los demás personajes, que lo que Septimus y Lucrezía viven es sólo una pelea de pareja: “qué rara era aquella pareja a quien había preguntado cómo ir a la estación del metro; la chica se había sobresaltado y había agitado la mano, y el hombre parecía terriblemente raro; quizá se estaban peleando; quizá se estaban separando para siempre”.

Lo cierto es que el personaje de Septimus Warren Smith es mucho más profundo, él es capaz de tener verdaderas revelaciones mientras la vida cotidiana continúa su flujo habitual. Por esta razón desprecia al fanfarrón doctor Holmes que pretende curarlo.

“Septimus levantó la vista y pensó: parece que me dirigen un mensaje. Aunque no en palabras propiamente dichas; es decir, todavía no podía leer aquel mensaje; sin embargo aquella belleza, aquella exquisita belleza era evidente, y las lágrimas llenaron los ojos de Septimus mientras contemplaba cómo las palabras de humo se debilitaban y se mezclaban con el cielo y le otorgaban su inagotable caridad, su riente bondad, forma tras forma de inimaginable belleza, dándole a entender su propósito de darle, a cambio de nada, para siempre, sólo con mirar, belleza, ¡más belleza! Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Septimus.

Otro de los personajes que se mantiene al margen de la alta sociedad es la señorita Kilman, maestra de Elizabeth, hija de Clarissa Dalloway. La señorita Kilman critica el oropel y la falsedad de la alta sociedad, sumida en el esnobismo y la apariencia:

“Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas. Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón, mientras permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto lujo, ¿qué esperanza cabía albergar de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer en el sofá ─Elizabeth había dicho: “Mi madre está descansando”─, Clarissa Dalloway hubiera debido estar en una fábrica, detrás de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas las demás lindas señoras!

En este libro, se funden en una misma fragua la narrativa, la lírica y el monólogo interior para dar vida a una de las grandes novelas de la literatura inglesa contemporánea. Paradójicamente, en Un cuarto propio ─un texto clasificado como ensayo y que, por lo mismo, se entiende debe ser más reflexivo─ se mezclan géneros literarios tan diferentes como lo son la ficción y el ensayo. Para hacer más agradable el texto, la autora encarna a Mary Seton: “Díganme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael, o el nombre que se les antoje, todo es igual.” Este personaje acude a dos comidas, una en una universidad para hombres y otra en una universidad para mujeres. En la primera el vino y la buena comida abundan; en la segunda sólo dan una sencilla sopa de caldo. Este contraste es el preludio con el que, de manera magnífica, Virginia comienza su libro.

Otro de los momentos donde la ficción forma parte del ensayo es cuando “inventa” la historia de una supuesta hermana de Shakespeare, cuyas condiciones de época le hubieran hecho imposible el desarrollo de su genio intelectual y la hubieran llevado al suicidio: “Se mató una noche de invierno y yace enterrada en alguna encrucijada donde ahora se detienen los ómnibus frente al Elefante y la Torre”

Esta diversidad que se encuentra en los libros de Virginia no parte de un capricho de la escritora inglesa, sino que es producto de la sinceridad con la que ejerce el oficio. Virginia es fiel a su pensamiento y éste encuentra en la mezcla de géneros el vehículo ideal para ser transmitido a los lectores. La fidelidad y la sinceridad permiten a la autora moverse libremente entre los géneros de manera genuina y no por una concesión de estilo o moda literaria.

Bibliografía
Sergio Pitol, El arte de la fuga, Barcelona, Anagrama, 1997
Virginia Woolf, La señora Dalloway, Debolsillo, 2016
Virginia Woolf, Un cuarto propio, Colofón, 2012

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