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Literatura

La receta

Te levan­tas para ir bien tem­prano al mer­ca­do, pasas pues­to por pues­to bus­can­do lo espe­ci­fi­co, cada rin­cón de cada local te recuer­da a ella, pero regre­sas a la reali­dad sabien­do que ya no está. Rea­li­zas com­pras sin nin­gún orden, eres nue­vo en esto, te quie­res lucir, pero sabes que com­pras pro­duc­tos nacio­na­les por­que ella te incul­có la idea de lo nacio­nal es mejor, enton­ces nie­gas los super­mer­ca­dos tras­na­cio­na­les, los cafés y has­ta creo que la cer­ve­za tam­bién.

Pri­me­ro vas a la car­ni­ce­ría, le pides al car­ni­ce­ro 1kg de file­te res, pero te pones a pen­sar que, si ella pien­sa en esta locu­ra que se lla­ma amor, qui­zá refle­xio­ne bien lo que suce­dió y reca­pa­ci­te sin pal­pi­tar y quie­ra regre­sar. Enton­ces debe­rás pedir un kilo más, es decir, 2kg de file­te de res, no impor­ta si está con­ge­la­do o no, lo impor­tan­te aquí es que sea la car­ne de ori­gen nacio­nal.

Rápi­da­men­te te diri­ges a otro local, uno de mate­rias pri­mas. A lo lejos escu­chas un eco con el nom­bre de ella; el cora­zón se ace­le­ra, un abis­mo de cosas que quie­res decir­le y se te olvi­dan, pero sim­ple­men­te te haces el fuer­te, vol­teas como una ráfa­ga y es otra mujer con el mis­mo nom­bre (no es cul­pa de ella tener un nom­bre tan usual), te tran­qui­li­zas. Ves la lis­ta que apun­tas­te antes de ir al mer­ca­do, lle­gas con la seño­ri­ta que está encar­ga­da de lo de gra­nel y le pides todo para hacer un arroz huér­fano, inme­dia­ta­men­te me acuer­do de ella cuan­do le pla­ti­qué cómo es el arroz  (y por qué huér­fano, por­que no tie­ne madre…)

 

- Seño­ri­ta…

- ¿Sí, señor? -me dice señor como ella lo hacía, para que yo des­va­ria­ra y enfu­re­cie­ra y ella gana­ra-

- ¿Díga­me?

- Le pido de favor

100g de almen­dra

50 gra­mos de piñón

100g de curry

100g de nuez (la nuez me recuer­da a ella y su gus­to por los noga­les)

1/2kg de acei­tu­nas sin hue­so (para el arroz y el file­te)

 

Una bol­sa de arroz -como quie­ra solo voy hacer una taza, ya no sé a quién más coci­nar­le, des­de que ella se esfu­mó de mi vida se que­da­ron cosas incon­clu­sas, pala­bras en el aire, esca­pa­das de noche por ciu­dad, cenas deli­cio­sas en los res­tau­ran­tes que le dan luz e iden­ti­dad a este bello lugar, pero un día ella tomó la deci­sión de ale­jar­se de mi vida por una pre­ci­pi­ta­ción mía, por la  locu­ra y el mis­te­rio del amor, sin embar­go, si ella regre­sa ten­dré que hacer más de una taza arroz, por eso lle­vo toda la bol­sa…

 

-Aquí está señor

-Gra­cias por todo -no qui­se corre­gir a la pobre mucha­cha-, ella no tie­ne la cul­pa de todo esto, se ve estre­sa­da y can­sa­da por la for­ma en que la sobre­ex­plo­tan; les pue­do ase­gu­rar que gana una mise­ria para lo que tie­ne que hacer, vive en la leja­nía de la ciu­dad, posi­ble­men­te ni estu­die, Ah… pero, ¿Quién soy yo, para cri­ti­car los pro­ble­mas de esta ciu­dad, esta­do, país, con­ti­nen­te o mun­do?

Rápi­da­men­te me acuer­do del tocino y el jamón, voy de paso rápi­do por­que ya iba a la fru­te­ría, me entra un dile­ma regre­sar a la car­ni­ce­ría o ir a la sal­chi­cho­ne­ría, don­de será de mejor cali­dad, opto por la car­ni­ce­ría. Entro, veo un her­mo­so cabe­llo liso con cier­tos pig­men­tes de color como ella lo tie­ne, me para­li­zo un poco y me empie­zo a pre­gun­tar en mi cabe­za: ¿Y si es ella qué hago?, ¿La invi­to a la cena?, -y yo solo me con­tes­to: sí, la cena es para ella, aun­que no vaya-, sim­ple­men­te actúo como un cobar­de, disi­mu­lo que no la he vis­to, pido rápi­do y me ale­jo de ese lugar. Pero regre­so en sin­to­nía, la mujer se da la vuel­ta y no es ella. Me tran­qui­li­zo y hago mis com­pras con cal­ma.

Lle­go al refri­ge­ra­dor, el encar­ga­do me dice: ¿Qué va a lle­var jefe?

Le con­tes­to: 1/2kg de tocino (para el arroz y para envol­ver el file­te) y 1/4 de jamón de pavo

-Cla­ro jefe, aquí está

-Gra­cias por todo

 

Me sal­go de la car­ni­ce­ría y me dis­pa­ro rápi­da­men­te para la fru­te­ría. Miro el reloj 3:45pm, ten­go que apre­su­rar­me para que que­de lis­ta la cena, le man­de un men­sa­je a las 9:30pm y no he reci­bi­do su con­tes­ta­ción, pero yo sé que va a ir. Veo el celu­lar a ver si ten­go un men­sa­je de ella, pero hace más de tres sema­nas que no lo hace.

Lle­go a la fru­te­ría, todas las encar­ga­das de una cier­ta for­ma se me figu­ran a ella una con su son­ri­sa, otra con sus lin­dos luna­res, otra con su exqui­si­ta silue­ta, otra con sus her­mo­sos ojos, pero me ale­jo de ellas y pre­fie­ro que me atien­da alguien total­men­te dis­tin­ta a ella. Inme­dia­ta­men­te enta­blo una con­ver­sa­ción y su voz, su encan­ta­do­ra voz es abso­lu­ta­men­te igual a la de ella, en mi cabe­za me digo -ten­go que ser fuer­te pedir lo nece­sa­rio y ale­jar­me de este lugar con tan­to sabor a ella- Y cla­ro, la fru­te­ría es de pro­duc­tos nacio­na­les. Le comen­to a la seño­ri­ta lo que voy a lle­var:

 

1kg de papa, para un puré con cas­ca­ra y al horno

1/2 kg de cebo­lla blan­ca

3 pie­zas de chi­le morrón ver­de

2 cabe­zas de ajo…

 

La seño­ri­ta con mucho gus­to me da lo soli­ci­ta­do, yo me des­pi­do ama­ble pero apre­su­ra­do, por­que fal­ta ir a com­prar los vinos; uno rosa­do, otro tin­to y por supues­to blan­co para mari­nar e inyec­tar el file­te, pero ten­go que ir rápi­do por­que en el mer­ca­do no ven­den el vino que ella pre­fie­re, siem­pre qui­so el de pro­ce­den­cia de Parras Coahui­la. No impor­ta si es Casa Made­ro o Hacien­da el Pero­te sólo le impor­ta que sea de la región. Me tras­la­do rápi­do en la vino­te­ca, me da nos­tal­gia la últi­ma vez que tomé vino con ella, pero rápi­da­men­te se esfu­ma ese recuer­do, me inte­rrum­pe un encar­ga­do -¿Dis­cul­pe señor, ( otra vez señor, puta madre…) bus­ca algo en espe­cial?-

-Sí, bus­co un vino tin­to mer­lot, un vino rosa­do gar­na­cha y un vino blan­co sau­vig­non blanc, y por supues­to un vino de mesa para pasar la vela­da: syrah casa gran­de. Y le pue­do pedir otro favor, que sean de pro­ce­den­cia de la región de Parras Coahui­la

-Cla­ro señor

 

Mien­tras espe­ra­ba fui a ver los taba­cos y no podía creer­lo, en el apa­ra­dor había ciga­rros faros sin fil­tro y es un deli­to no com­prar­los para fumar­los con ella, por supues­to que los tomé, en eso lle­gó el mucha­cho

-Señor sus vinos

-Gra­cias y tam­bién lle­vo esta deli­cia de taba­co

-Por su pues­to señor…

 

Salí dis­pa­ra­do. Eran las 4:50pm, tenía que lle­gar a mi casa, pre­pa­rar la cena, bañar­me, bus­car un buen dis­co para la vela­da de pre­fe­ren­cia uno de Sil­vio Rodrí­guez, por­que siem­pre algo de tro­va es un poe­ma para el pue­blo…

Lo puse en el repro­duc­tor y sin más sonó la can­ción de “Te doy una can­ción” fue algo ines­pe­ra­do, sor­pren­den­te.

Al momen­to de empe­zar a pre­pa­rar el file­te, hacer el arroz y el puré en la coci­na, no sé por qué, encon­tré un libro de Kun­de­ra “La des­pe­di­da” que hace tiem­po a ella se lo pres­té y al final dejó un cam­po de hones­ti­dad, fran­que­za, sin­ce­ri­dad, roman­ce y amor. Por ese moti­vo no pue­do vol­ver a leer ese libro, por­que mis ojos se tiñen de lágri­mas.

Inyec­to sin cesar el file­te con los tres vinos, lo envuel­vo de tocino y le incrus­tó acei­tu­nas, lo meto al horno en fue­go len­to por unas tres horas, pero cada hora hay que vol­ver a inyec­tar­lo para que no se rese­que.

Con­ti­núo con el arroz, empie­zo frien­do las almen­dras a fue­go len­to, des­pués las nue­ces, por últi­mo, los piño­nes, todo lo saco de la cace­ro­la, des­pués vier­to el tocino ya pica­do, poco des­pués la cebo­lla, con la gra­sa que suel­ta frío el jamón. Por últi­mo, el arroz, aquí empie­za el dile­ma, si hago una taza o más, por si ella regre­sa, por­que esta cita­da. -Como cuan­do yo me gra­dué de la carre­ra hace tiem­po y ella me invi­to a cenar y a beber… aho­ra a mí me toca invi­tar­la a cenar, a ren­con­trar el amor en un día tan espe­cial por­que son 365 días para refle­xio­nar, para dis­fru­tar la vida.

Deci­do poner una taza más y con esto me acuer­do de mi madre dicien­do: -Por una taza de arroz son dos de agua, pero ve midién­do­le por­que se pue­de pegar-. Son­río por ese buen recuer­do y por­que sé que ella ven­drá a dis­fru­tar este pla­ti­llo, por­que si no es para ella ¿para quién es?

Con­ti­núo con el puré en su cás­ca­ra, coso las papas. En el repro­duc­tor Sil­vio Rodrí­guez apa­sio­na­do. Bus­co en el refri­ge­ra­dor par­me­sano, man­te­qui­lla. En el espe­cie­ro bus­co pimien­ta negra moli­da. Macha­co las papas sin qui­tar­les la cas­ca­ra, vier­to man­te­qui­lla y el par­me­sano al gus­to y al horno por 30 minu­tos en un refrac­ta­rio para que le dé una con­sis­ten­cia cru­jien­te. Ya no ten­go qué más hacer en la coci­na, sólo espe­rar a que ella en su des­nu­do se pre­sen­te como la pri­me­ra noche que la vi, como la pri­me­ra vez que la soñé, como Un día de media­no­che en parís, dejó de ser este año para con­ver­tir­se en los años 20’s.

Duran­te la espe­ra de la cena, me baño, bus­co mi mejor pan­ta­lón, mi mejor cami­sa, me pon­go el abri­go de siem­pre y me dis­pon­go en la sala a espe­rar su lle­ga­da. Fal­tan 30 minu­tos para la hora cita­da, la cena lis­ta para ser­vir­se, para fes­te­jar una vuel­ta más a la ilu­mi­na­ción del sen­de­ro de la luna cuan­do ésta pro­yec­ta el refle­jo de su piel. Es la ter­ce­ra vuel­ta del dis­co de Sil­vio, pero no me impor­ta por­que la can­ción que quie­ro está ahí y ella sabe cuál es.

Lle­ga la hora cita­da, des­ta­po el vino, pon­go dos copas, dos pla­tos, saco el file­te del horno, cor­to dos reba­na­das, una en cada pla­to jun­to con una cucha­ra­da de arroz y acom­pa­ña­da de puré. Pren­do una vela, la pon­go en el cen­tro de la mesa jun­to con la sal­sa de cirue­la que toda­vía es un enig­ma en mi fami­lia, espe­ro que sue­ne la cam­pa­na o la puer­ta o sim­ple­men­te el chas­qui­do de la reja de entra­da, en eso me acuer­do del obse­quio para ella, corro rápi­do al estu­dio, bus­co el libro de Momo y no está, reca­pa­ci­to con el de Las bata­llas en el desier­to de José Emi­lio Pache­co y tam­po­co lo veo, enton­ces hago memo­ria y bus­co El collar de la magia de la cul­tu­ra mile­na­ria inca, el cual está envuel­to de leyen­da y de con­fi­den­cia para des­ha­cer malas vibras, envi­dias y da pro­tec­ción, pero tan poco está. Desilu­sio­na­do por no dar­le nada en este día espe­cial, sólo me que­da espe­rar­la sen­ta­do en la coci­na con el pla­ti­llo que tan­to quie­re pro­bar y si no es para ella, no es para nadie más.

 

Por: Anto­nio Loren­zo Cas­tro Villa­rreal

 

Ima­gen des­ta­ca­da: Inte­rior de un res­tau­ran­te en Arles, Vin­cent Van Gogh

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