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DossierViolencia de género

Las cosas por su nombre: “Ni una más”… pero no basta decirlo

Por: Diana Infante Vargas

Me levanto, son las 6 am: me baño y me alisto para ir a la universidad caminando y llegar a tiempo para mi clase de las 7 am.

6:25 am. Comienzo mi recorrido que no debería tomar más de 20 minutos cuando a las pocas cuadras me doy cuenta de que un coche viene detrás de mí a muy baja velocidad: decido cruzar la calle y caminar del otro lado de la acera para sentirme más segura y en eso pasa una patrulla que regularmente vigila la zona de mi colonia. Lejos de hacerme sentir más segura, la patrulla solo logra ponerme más nerviosa cuando escucho los chiflidos y “piropos” de los oficiales dentro de la camioneta, pero bueno, al menos el coche se fue y algo es algo… ¿O no? No.

Hace unas semanas salí de mi clase de las 9pm en viernes, y como ya es costumbre pensaba pedir un Uber para llegar a mi casa. Afortunadamente una amiga me ofreció llevarme a mi casa y llegando lo primero que vi en Twitter fueron infinidad de tuits y polémica acerca del caso de Mara Castilla, una chava un poco más joven que yo o que mis amistades más frecuentes, que decidió salir de noche con sus amigos y terminó siendo violada y asesinada por su chofer de Cabify.

He visto muchas opiniones acerca del caso, que si fue su culpa, que si no, que qué traía puesto, que por qué estaba tan noche sola en un antro y tomando, e incluso he visto ya varios artículos hablando de sus sueños, aspiraciones, quién era ella y en qué deseaba convertirse. Como si de alguna manera esto fuera a solucionar el problema que tenemos en nuestras manos. Ese viernes Mara Castillo dejó de ser una joven estudiante de Ciencias Políticas y lamentablemente pasó a ser un número más en los índices de feminicidios en nuestro país.

Desde un inicio es necesario llamar las cosas por su nombre y no cometer el mismo error que cometieron quienes redactaron el comunicado de Cabify. El caso de Mara Castillo no trata de una jovencita que falleció o perdió la vida sino de una joven a quien violaron y asesinaron y que, como tal, debe exigirse justicia por esos crímenes.

El problema va más allá de un estilo de redacción en los comunicados de la empresa, se trata de la falta de empatía, pero sobre todo de reconocimiento del problema en una sociedad donde los asesinatos por cuestiones de género incrementan día con día. Un mensaje de ese tipo no solo ignora el problema sino que contribuye a que la sociedad en la que vivimos siga dejándolo de lado porque es lo normal.

Y así como es necesario reconocer el problema de comunicación que tiene Cabify, también es necesario reconocer que Cabify y Uber fueron utilizados como chivos expiatorios por el sistema de gobierno. Quitarle la concesión a Cabify/Uber o similares no hará que la inseguridad en nuestro país baje, o que el índice de feminicidios no incremente día a día. No se trata de ponerle un curita o un parche al problema y esperar que se solucione de raíz; crear taxis rosas o vagones de metro exclusivos solo segrega a la población femenina intentando dar una falsa percepción de seguridad, pero ¿qué va a pasar cuando nos bajemos de esa burbuja de seguridad creada para nosotras, cuando tengamos que caminar por las calles, porque inevitablemente lo haremos, cuando queramos salir de fiesta o a un bar o simplemente ir a la universidad?

De acuerdo a la ONU, México ocupa el lugar número 16 del mundo en feminicidios, con una cantidad de 5 mujeres asesinadas diario según los reportes del INEGI del año 2000-2015. En el 2017 se estima que diario asesinan a 7 mujeres diariamente y según la UNICEF una de cada diez niñas en el mundo ha sido o será abusada sexualmente.

Estas estadísticas no son un problema de las mujeres o de los hombres en particular, significan un problema de la sociedad y como todo buen problema, el primer paso siempre será reconocerlo. Es necesario que seamos capaces de admitir que existe un problema sin demeritar a otros, es decir, que existan feminicidios en México no significa que cualquier otro crimen pasa a un segundo plano, los dos son acciones que merecen castigos legales correspondientes.

Nadie nace siendo celoso, agresivo, intolerante, machista, violador o asesino. Son cosas que se aprenden en el proceso de socialización que tiene el ser humano mientras crece y si vivimos en una sociedad que nos enseña que eso es lo normal entonces estaremos fomentando estos comportamientos y jamás dejaremos de decir ni una menos.

La sociedad en la que vivimos, hombres y mujeres, está llena de anomalías que nos hacen vivir en un mundo rodeados de inseguridad, crímenes y limitaciones al grado de que inconscientemente normalizamos lo que no está bien. No es normal que me griten en las calles sin importar lo que traiga puesto, no es normal que tenga que cuidar mis bebidas sigilosamente en un bar por miedo a que me droguen, no es normal que otros individuos se sientan con el derecho a manosearme, gritarme o acosarme porque nadie les dirá nada. Ningún ser humano, hombre o mujer, tiene porqué vivir con el miedo constante de ser una presa fácil, y normalizar este tipo de conductas resulta muy sencillo en una sociedad en donde las vemos pasar diario.

Resulta inútil querer crear conciencia bajo el argumento de que todos tenemos una mamá, hermana, abuela o pareja sentimental, porque no se trata de condicionar el trato que las mujeres merecen en relación al valor sentimental que pueden llegar o no a tener para alguien, sino que es un deber moral de todos, independientemente de nuestro género, contribuir para crear una sociedad mejor para vivir, y hoy más que nunca tengo la certeza de que eso no se logrará a menos de que eliminemos la normalización del acoso callejero, hasta que alcemos la voz y reconozcamos que existe un problema que hay que atacar. La equidad de género no se trata de obtener más o menos privilegios un género que otro, si no que ambos puedan coexistir en paz en un entorno igual de seguro para ambos.

 

Imagen destacada: Observatorio Contra el Acoso Callejero, Chile

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