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Estilo de vida

Nos enseñaron a tener miedo 

Violencia puede ser una palabra común y corta, pero tiene tantas caras y tantos otros nombres, que cuesta trabajo reconocerla aunque nos golpee la cara o se nos meta bajo las uñas.

Todos tendemos a pensar en la violencia contra las mujeres, como eso que les pasa a algunas que tienen la mala suerte de toparse a un mal hombre, o a las que no tuvieron precaución suficiente… absurdo, ¿no?
Hace algunas semanas, pasadas las 8 de la noche caminé dos cuadras desde mi casa para esperar un autobús, el cual me llevaría al centro de la ciudad. La calle estaba definitivamente oscura y solitaria, estábamos yo y una mujer, de tal vez treinta y tantos años y verla me hacía sentir un poco más segura, pero inevitablemente estaba nerviosa.

Mientras esperaba, vinieron a mí muchas preguntas simples, que tuvieron respuestas con impacto a las raíces de todo lo que soy y de todo lo que he vivido en 20 años: ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué me asusta tomar el autobús de noche?, ¿Ella estará asustada como yo? ¿Cuántas cosas podrían pasarnos? Si algo me pasara ¿Ella me ayudaría? ¿Yo la ayudaría?

Al responder esas preguntas, me di cuenta de que, mientras mi madre y mi padre me enseñaron a atarme las agujetas, a pedir por favor y a dar las gracias, también me enseñaron a tener miedo. Aprendí que no es seguro, para una mujer, andar por las calles de noche y sin compañía. Que mi vecino, que el taxista, que el chofer del autobús, que el hombre que llega a la misma parada que yo, que todo hombre es un peligro para mí y para todas.

Si también eres mujer, seguramente sabes de qué estoy hablando, si eres hombre y tienes hermanas, tal vez escuchaste a tus papás enseñándoles a tomar responsabilidad de aquello que otros no aprendieron; con amor y otras palabras, las mujeres aprendimos a reducir las posibilidades de ser violadas, desaparecidas o asesinadas al hacer algo tan simple como tomar un bus a las ocho de la noche.

Si eres hombre y te parece exagerado, tendrías que imaginar andar por una calle oscura, pensando en que, la mayoría de los hombres, son más fuertes y más veloces que tú, que no sabes pelear, y recriminarte por llevar los zapatos bonitos pero que en definitiva no son los mejores para correr.

El miedo aprendido limita nuestras vidas, nos enseña el qué podemos hacer y qué sería mejor no hacer para no ponernos en riesgo. Decides si es mejor tomar un taxi, el bus o caminar, cuando la verdad es que las tres opciones suenan peligrosas, y escuchas las noticias de las mujeres que ya no regresaron a sus casas, seguidas de los sermones de tu familia que terminan con un “para que tengas cuidado”.

Desafortunadamente, se requiere mucho tiempo para que una sociedad cambie y, mientras tanto, las mujeres seguiremos andando con miedo, y les enseñaremos a nuestras hijas a tener miedo también y a responsabilizarse del peligro que representa el que otros no tengan el mas mínimo respeto ni consideración por otro ser humano.
Si educas a una niña ahora o algún día lo haces, será inevitable enseñarla a cuidarse, pero asegúrate de que ella comprenda que esto no significa que, lo que viven otras mujeres, pasa por algo que ellas hicieron o no hicieron, por vestir falda o por salir de noche.

Enséñale que nuestra sociedad falla y que, por ello, la libertad completa no es algo que vayamos a tener pronto. No le digas cómo debe vestirse o le des una lista de cosas que no debe hacer; llévala a clases de defensa personal, convéncela de que no es débil ni frágil.

Si educas a un niño, asegúrate de que comprenda que no existe en el mundo una sola razón para faltarle el respeto a una mujer o hacer algo que ella no quiera, no le digas que las niñas son débiles, enséñale a no juzgar a una mujer por cómo se viste o cómo actúa.
Tal vez de este modo, poco a poco, llegue el día en que seamos libres y dejemos de enseñarles a las mujeres a tener miedo.

Por: Valeria Fuentes Ruiz

 

Imagen destacada: Cabeza de mujer llorando con pañuelo. Pablo Picasso

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