//Que no exista nadie más

Que no exista nadie más

No soy la única.

Todo ha pasado en un mismo mes: el movimiento #MeTooEscritoresMexicanos (periodistas y creativos también tienen su propio hashtag); la noticia del grupo de Whatsapp donde alumnos y maestros de la UAdeC se compartían packs; las recientes declaraciones de abuso hechas por alumnas del tecnológico de Saltillo.

El tema salió a flote ayer en la sobremesa de mi trabajo. Un compañero, con senda indignación, dijo: “Ah, ¿y por qué ahora todas hablan? Ahora resulta que hasta que se destapa la cloaca todo mundo quiere decir que ellas también fueron abusadas. ¿Por qué no hablaron en ese mismo momento?”

“Es que ellas también para qué se exponen. Es lo que pasa por no cuidarse, por andar mandando fotos de ese tipo o tomar sin ningún cuidado”.

Una mujer cuya hija tiene mi edad, solo atinó a decir: “Esas no son razones que justifiquen el abuso de confianza que vivieron”.

Y mientras se acababan todos los comentarios posibles y uno a uno iban dejando la mesa para olvidarse por completo del tema, mi cabeza estaba llena de una sola cosa: No soy la única.

Yo tenía 18 años cuando inicié mis practicas en un periódico de la ciudad. Mi equipo de trabajo estaba conformado por dos hombres y yo. Convivíamos prácticamente todo el día porque uno de ellos y yo estudiábamos juntos; el otro, a quien llamaré Came, tenía una novia que estaba en la misma facultad. Eran las primeras personas que veía en mi día; almorzábamos juntos, comíamos juntos, estudiábamos juntos. Conocimos a nuestras familias porque a veces nos quedábamos de ver en alguna de nuestras casas para movernos de ahí a buscar las notas.

No quiero hacer un cuento largo. Tenía alrededor de cuatro meses de conocerlos cuando nos juntamos a tomar por alguna razón que no puedo recordar. Quizá Came había renunciado y era su despedida. Es lo más probable.

Yo tome mucho. Cada vez que mi cerveza se acababa cualquiera de mis compañeros estaban ahí para ofrecerme otra y tomé de más.

Aquí sé que van a hacer la primera afirmación: fue tu culpa por emborracharte. Lo sé porque yo misma me he dicho mil veces que ellos me las ofrecían pero nunca me obligaron.

¿Por qué tomé tanto? Alguna otra vez se me habían pasado las copas con mi grupo de amigos más cercanos y la única consecuencia había sido una cruda incomoda y alguna anécdota ridícula para contar. Probablemente pensé que con mis compañeros de trabajo podía cotorrear en la misma línea y nada anormal podía suceder.

Estoy muy segura de que él casi no había tomado. Estaba sobrio. Ni risueño ni entrado en copas.

Ya en esas condiciones empezó un juego de verdad o reto. Mi reto fue besarlo.

Aquí va su segunda afirmación: fue su culpa porque si lo besó entonces le gustaba y ella le dio entrada.

Sobria hubiera dicho que no. No me gustaba; reconozco que no me parecía es especial feo pero puedo jurar que jamás tuve la intención de relacionarme de esa forma con él. Y, repito, él tenía novia ¿para qué besarlo? Jamás besé a alguien sin un sentimiento de cariño de por medio. Pero estaba tomada. Así que lo besé. Era un juego, nada más. Y mi capacidad de razonar en los pros y contras en ese nivel de alcohol no era muy buena. Luego otra vez. Se me prohibió escoger verdad y de nuevo aplicó el reto (después, al repasar los recuerdos que tenía, jamás pude recordar a alguien más haciendo ningún reto).

De los besos él me fue llevando a una habitación. No puse resistencia porque en mi estado no lo razoné siquiera. Me desvistió, se quitó la ropa él y empezó el acto.

Aquí va su tercera afirmación: ella se puso en esa situación. Lo mismo pensé yo al principio: ya estaba ahí y no podía retractarme. Porque yo creía lo mismo, que yo me puse en esa situación. En ningún momento de conciencia quise tener relaciones con él. No sentí placer en ningún momento y no quería estar ahí. Sin embargo, había que aguantar porque yo tomé, yo jugué, yo cedí.

A medio encuentro ya no aguanté y me puse a llorar con uno que otro sollozo y lágrimas saliendo una tras otra. Puedo jurar que él se dio cuenta. Lo sé porque recuerdo perfectamente sus palabras: “No llores, haz el amor”.

No saben lo que sentí cuando le llamó a eso “hacer el amor” cuando yo ni siquiera quería estar ahí. Estaba llorando, con los ojos todo el tiempo cerrados o evitando por completo mirarlo, casi en calidad de bulto ¿no era suficientemente claro que no estaba cómoda? ¿Que yo no quería estar ahí?

Terminó y se acostó junto a mi con intención de abrazarme. Me quité, empecé a vestirme y él se quedó invitándome a regresar a la cama. Solo le dije que ya era muy tarde y me fui de ahí todavía con lágrimas escapadas. Evadí ver a cualquiera, sentía mucha vergüenza.

Al día siguiente me sentía extraña. Algo estaba mal. Yo sabía que todo había sido mi culpa por ponerme en esa situación, por no retirarme al estar tomada, por no decir claramente “no”, por no levantarme en medio del acto y simplemente irme. Probablemente él no había hecho nada malo, porque él mismo nunca pareció notar nada anormal, pero yo sí sentía que algo había estado mal.

Fui a buscar a mi mejor amiga y lloré otra vez cuando le conté. Le dije que había sido una pendeja por estar tomada, porque yo no quería, que había sido totalmente una idiotez porque yo nunca había tenido intención de hacerlo. Ella solo escuchaba. Casi se pone a llorar conmigo. Al final solo dijo que había sido un error y no me culpara por eso.

Tardé unos días más en contarle a mi mejor amigo porque yo aun sentía que me faltaba entender algo. Su reacción fue muy distinta. Estaba muy enojado. Decía que esa había sido su intención desde el principio, que era algo claro. Nunca debió haberme tocado si yo estaba tomada. Mucho menos si sobria nunca le mostré intención de un acercamiento. Repetía que ellos abusaron de mi confianza. Yo traté de explicarle que, aunque estaba totalmente arrepentida desde el primer momento, yo no había dicho claramente “NO”. Y él respondió que él ya había conocido a ese tipo de hombres. Que no me sorprendiera porque yo no había sido la única. Dijo que él podía asegurar que no era la primera a la que le hacia eso y tampoco iba a ser la última.

Yo lo volví a ver un par de veces cuando iba a recoger a su novia a la facultad. Trataba de pasar lejos y solo saludar con un movimiento de cabeza pero cuando llegábamos a estar de frente me recordaba siempre entre risas lo que había pasado ese día. Me insinuaba que volviéramos a vernos y yo solo le contestaba que no tenía tiempo, que estaba ocupada, que luego hablábamos. Decía cosas como “esta chido porque como somos amigos sé que no dejarías que mi novia se entere”.

La última vez que hablé con él, me volvió a plantear lo mismo, y solo le contesté que no podía porque había regresado con mi ex novio y él se había enterado de lo que pasó. No volvió a pedirme que pasara nada.

Desde el día que enteré del movimiento #MetooEscritoresMexicanos es algo que me sigue rondando en la cabeza porque él ha publicado un par de libros después de eso.

Mucho tiempo le he dado vueltas a lo que pasó y, después de pensarlo y repensarlo, de todos los movimientos que se han dado cuatro años después, sé que solo puedo asegurar que SÍ fue un abuso. No digo que me haya violado. Creo que sería irresponsable no aceptar mi parte de la culpa. Pero tengo claro que fue un abuso de confianza, un abuso porque sobrios, durante mucho tiempo, nunca me planteó tener sexo y se acercó hasta que estuve en estado de ebriedad; un abuso porqué él me vio llorar, me mostré incomoda, y no se detuvo.

Aún siento vergüenza por haberme equivocado tanto.

Aún tengo miedo de que a él lo defiendan porque es su amigo, su primo, su hermano; porque sabemos que su personalidad es de “todas mías” y entonces me dirán que seguro sí me gustaba pero no quiero aceptarlo. Miedo de que él salga a decir que nada es cierto y yo nunca le dije que no quería. Por eso no digo su nombre.

Pero sí hablo. Ya no puedo callar. Porque mi interés no es quemarlo ni afectarlo como individuo. Hablo porque hay gente haciendo lo mismo que él y no ve cuál es el problema. Hablo porque no soy la única.

Porque cinco años después no puedo dejar la vergüenza y el miedo pero espero que nuestras hijas nunca se sientan así solo porque tomaron, porque jugaron, porque lloraron e hicieron evidente que no querían estar ahí; pero el alcohol o la cobardía no les permitieron decir NO.

Debemos entender que no se debe pedir relaciones a alguien que no está en condiciones óptimas para razonar. Estar ebrio o ebria no le da derecho a nadie de aprovechar para obtener algo que en sobriedad no le darías. Dar cualquier muestra de incomodidad mientras tienes sexo debe bastar para que el otro entienda que algo está mal. Para que comprenda que debe parar.

Que nadie jamás vuelva a decir: “fue mi culpa por estar ahí”, “¿qué más podía esperar?, si me emborraché” “No le dije que no quería, nada más lloré”.

Porque anhelo que jamás sean nuestros hijos quienes digan “ella no se fue” “ella tomó” “ella lloró pero no dijo que no”.

 

Testimonio Anónimo