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Recordarte en dos formas

Por: Antonio Lorenzo Castro Villarreal

I

Lloro por ti, por que los días se vuelven eternos. Pasan las noches sin un suspiro de luz que acoja a las flores por la mañana, la impaciencia de tu  no estar me da vueltas en la cabeza. Mi piel necesita de ti por que cualquier brisa nocturna o diurna me da frío, tanto como el frío que de verdad congela, el de un lugar melancólico del norte soviético, sin abrigo. Tu retrato, sin embargo, logra calmarme porque sé que donde estés me amarás como el primer día que lo hiciste.

Tu sábana oscura y sedosa que te roza la espalda como el viento cuando recoge el polvo y se escucha el follaje de las flores, de los arbustos, de los arboles… pero ahí viene de nuevo; la paciencia se consume como la desesperación de un día lluvioso, de la gota mordelona cuando tu recuerdo ya no está. Se me ha olvidado casi como los zapatos viejos que están en el fondo del armario, como las cantinas que no me gusta mencionar o como un libro barato que se empolva en un librero para nunca más ser leído. Trato de recordar del vacío de tu presencia, de tus luceros nocturnos y el brillo de los cristales que cargan tu rostro, pero no puedo, es como visitar una ciudad y jurar nunca regresar, eso me recuerda a ti, como en el pórtico de un casa la rutina de un anciano es fumar un cigarrillo en sus últimos días, como una canción melancólica esperando que se apague la luz junto con la intensidad de una vela: todo eso me recuerda a ti, y a que te has ido.

II

Hace tiempo que ni una palabra se escucha entre nosotros. La oscuridad​ es incesante, me consume la esperanza de volver a verte y poder compartir una palabra en la fría noche, y la cálida​ mañana de estar juntos. Me produce sueños perturbadores y desesperantes, pero dormir es un refugio, como se refugia un viejo solitario en su cigarrillo. Sin embargo, en el viaje de regreso a esta cruda realidad me cohíbo al imaginarme tu dulce y tierna figura como el ocaso de movimiento constante de la caída de las hojas en otoño. El recuerdo se queda pasmado en mí por la ilusión de verte fijamente y querer tocarte suavemente, simplemente rozar lentamente mis dedos en tu piel. Me doy la vuelta temblando y sin poder hablar, sin poder escuchar un sonido de mi interior, sin poder ver el fondo de ti, tu interior; estoy fijo dentro de la seducción de tus ojos. Simplemente doy la media vuelta y me alejo rápidamente sin hacer ruido de ese lugar en mí donde estás.

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