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Literatura

Salto no es lo mismo que brinco

A pro­pó­si­to del libro “Cró­ni­ca de un sal­to” de Chris­tian Luna

Cró­ni­ca de un sal­to es una exhor­ta­ción; una ven­ta­na sin segu­ro, una ranu­ra que deve­la ape­nas lo nece­sa­rio para dar­nos las ganas de meter las nari­ces, hacer­le un poco al voyer y de paso no dejar nada por la super­fi­cie ni cegar­nos con tru­cos bara­tos. Sal­tar, aven­tu­rar­se, dejar de chin­ga­zo aque­llo para tra­tar de caer para­do en esto. “Sal­ta­mos por­que vivi­mos esqui­van­do a la muer­te” Y sal­to y muer­te remi­ten un poco a blan­co y negro, movi­mien­to y está­ti­ca: sal­to es bús­que­da, des­pla­za­mien­to, con­di­ción de nóma­da; muer­te es con­for­mar­se, que­dar­se quie­to, pasar a ser Car­ne pa´la pica­do­ra.     

Se pue­de hacer la pri­me­ra para­da en uno de los epí­gra­fes que abren este libro: Refle­xio­nes rotas para los que encon­tra­ron vic­to­rias en las derro­tas, de Ran­de Akoz­ta por­que esta fra­se deve­la ya de entra­da una de los ele­men­tos que con­for­man el libro: la refle­xión a raíz de situa­cio­nes des­fa­vo­ra­bles que per­mi­te al autor tras­cen­der el suce­so y expri­mir­lo has­ta lle­gar a la medi­ta­ción a veces filo­só­fi­ca, otras poé­ti­ca y dejar­nos pis­tas, o de plano nos deja así sin nin­gu­na puta idea de saber qué es lo que sigue, y eso tam­bién nos encan­ta a noso­tros.

Cró­ni­ca de un sal­to es tam­bién la cró­ni­ca de cómo alguien pue­de acer­car­se al mun­do de la lite­ra­tu­ra des­de el mun­do que exis­te por fue­ra de las pági­nas de un libro y comen­zar a vivir con sus secue­las, estar mina­do, “comen­zar a pen­sar es comen­zar a estar mina­do” dijo Camus. Chris­tian hace un recuen­to sus­tan­cio­so de expe­rien­cias que lo sumer­gie­ron en la refle­xión y nos invi­ta a noso­tros a hacer­lo por igual. Entre las refe­ren­cias a dis­tin­tos auto­res, des­de her­me­neu­tas has­ta filó­so­fos como Zyg­munt Bau­man, y los gui­ños a diver­sas expre­sio­nes musi­ca­les de dis­tin­tos géne­ros, des­de pink Floyd has­ta Aka­pe­llah, el reco­rri­do a tra­vés de estos tes­ti­mo­nios abar­ca un aba­ni­co de situa­cio­nes tan­to de vio­len­cia como de amor, de artes plás­ti­cas y per­for­man­ce. O del mis­mo modo, de la vorá­gi­ne de socie­dad con­su­mis­ta que habi­ta­mos y una últi­ma rela­ción don­de su pro­ta­go­nis­ta en medio per­for­man­ce casi mue­re asfi­xia­do en Casa Tiyahui al repre­sen­tar a Méxi­co y usar una bol­sa en la cabe­za has­ta que alguien lo ayu­da, cerran­do con la fra­se recor­dé de la mane­ra más des­ga­rra­do­ra que mi país no se sal­va solo.

El libro es un catá­lo­go de tex­tos con una pro­sa bien tra­ba­ja­da y cir­cu­lar, ade­más de con­cre­ta; es raro encon­trar un rela­to que no cie­rre si no rotun­da­men­te, sí con la deli­mi­ta­ción que otor­ga la incer­ti­dum­bre y que de igual mane­ra sigue con­cre­tan­do los men­sa­jes.

Aun­que pue­da pare­cer a pri­me­ra ins­tan­cia un con­jun­to de tex­tos dis­per­sos, inclu­so inco­ne­xos, hay una secuen­cia a suer­te de cor­ti­ni­llas nume­ra­das del 1 al 10 con tex­tos que osci­lan entre la refle­xión poé­ti­ca y la pre­ci­sión mili­mé­tri­ca de la pala­bra en pro­sa: la arqui­tec­tu­ra del tex­to es un cons­tan­te des­cu­bri­mien­to, un des­per­tar al mun­do des­de dis­tin­tas ópti­cas y a tra­vés de situa­cio­nes con­cre­tas en las que la lite­ra­tu­ra siem­pre está pre­sen­te. Del uno al diez somos tes­ti­gos de reta­zos a mane­ra de flash­backs don­de inclu­so se nos pre­sen­ta el encuen­tro del autor con la poe­sía: la poe­sía es un brin­co y un sal­to, pero sobre todo una caí­da. Es aquí don­de pre­sen­cia­mos un cre­ci­mien­to frag­men­to a frag­men­to des­de la nos­tal­gia de la infan­cia has­ta la tro­pe­lía que es el ini­cio de la vida como adul­to: de pron­to todo pron­to… el horror de no tener tiem­po para tener tiem­po.

Este libro es una efi­gie del movi­mien­to: sal­to no es lo mis­mo que brin­co por­que brin­car sig­ni­fi­ca que­dar­se en el mis­mo sitio: en él todos los esfuer­zos de des­pla­za­mien­to son ver­ti­ca­les y lo que hace­mos es vivir de mane­ra hori­zon­tal, estar sal­tan­do y no impor­ta si no cae­mos de pie, el chis­te es ate­rri­zar.

 

Por: Sebas­tián Pra­do

 

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