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Vida Universitaria

Una taza de Café Colombiano

Por: Jor­ge Arro­yo Villa­rreal

No hay tie­rras extra­ñas. Quien via­ja es el úni­co extra­ño”.

– Robert Louis Ste­ven­son

Es así como me sen­tí mi pri­me­ra maña­na en Barran­qui­lla, Colom­bia. Un extra­ño en un apar­ta­men­to en el que nun­ca había esta­do, en un país a más de mil qui­nien­tos kiló­me­tros de mi fami­lia y mi casa. El ver por la ven­ta­na una ciu­dad des­pier­ta des­de las 5 de la maña­na, res­pi­ran­do un olor de marea, el no cono­cer a una sola per­so­na en ese lugar, y dar­te cuen­ta que por pri­me­ra vez estás solo.

Es un cho­que de emo­cio­nes. Sien­tes mie­do e inse­gu­ri­dad de lo que va a pasar, ale­gría por una nue­va expe­rien­cia que mar­ca tu vida, ansie­dad por cono­cer cuan­to pue­das de una nue­va cul­tu­ra y for­ma de vida y melan­co­lía por no estar con tu fami­lia.

El mayor mie­do que tuve estan­do en Barran­qui­lla fue a tan solo 20 minu­tos de haber ate­rri­za­do allí. Pedí un taxi para ir al apar­ta­men­to en el que me que­da­ría, estan­do en el camino solo pen­sa­ba ¿Cómo sé que me lle­van al lugar correc­to? ¿Y si no lle­go? ¡Me van a robar mi dine­ro! Peor aún, ¡Me van a secues­trar! En mi men­te no sobre­vi­vi­ría ni una hora en este nue­vo lugar. Ya idea­ba un plan de esca­pe; tenía mi mochi­la y una male­ta aga­rra­da para salir corrien­do en cuan­to vie­ra algo sos­pe­cho­so, pero todos estos pen­sa­mien­tos se tran­qui­li­za­ron al reco­no­cer el edi­fi­cio en el cual me que­da­ría.

Esta pri­me­ra sema­na fue difí­cil, pues fue ir adap­tán­do­me a un rit­mo de vida dife­ren­te. Se acos­tum­bra des­per­tar, así como desa­yu­nar, a las 5 a.m. Des­de esa hora ya salía el sol, y almor­zar a las 12 del medio día. Con­for­me fue pasan­do la sema­na me sen­tía mas rela­ja­do. Lle­ga­ron mis ami­gos Uriel y Omar, y salía­mos para ir fami­lia­ri­zán­do­nos con nues­tros alre­de­do­res y con los luga­res. Aún me sen­tía solo, sin embar­go, ya no tan­to.

En una de nues­tras cami­na­tas por la ciu­dad nos topa­mos con una cafe­te­ría, lugar en el cual roba­ría­mos con fre­cuen­cia el inter­net ya que falla­ba mucho en el apar­ta­men­to, tenien­do así mi pri­mer con­tac­to con el café colom­biano. Un sabor com­ple­ta­men­te dife­ren­te al café al que esta­ba acos­tum­bra­do a tomar: amar­go, fuer­te y la sen­sa­ción de des­per­tar con cada tra­go. Me gus­ta­ba tomar café de vez en cuan­do; pero al pro­bar ese, me hice aman­te del café y de tomar­lo dia­ria­men­te.

Poco a poco me fui sin­tien­do “en casa”, for­man­do nue­vas amis­ta­des den­tro y fue­ra de la uni­ver­si­dad, las cua­les nos reco­men­da­ban a qué luga­res ir y con los que fui­mos pla­nean­do via­jes afue­ra de la ciu­dad.

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El pri­me­ro de estos via­jes fue a Car­ta­ge­na de Indias, ciu­dad de la cual te enamo­ra­rías con solo una mira­da. No enten­día por­que le decían la ciu­dad amu­ra­lla­da, has­ta que está­ba­mos lle­gan­do y lo vi: la mura­lla con una ciu­dad her­mo­sa den­tro de ella. Su arqui­tec­tu­ra majes­tuo­sa, de la épo­ca colo­nial, que en cada vuel­ta que dabas obser­va­bas estruc­tu­ra tras estruc­tu­ra que te atra­pa­ban, hip­no­ti­zán­do­te y desean­do poder visi­tar todos los rin­co­nes que escon­de. Tenien­do una his­to­ria de la mura­lla, cons­trui­da por los espa­ño­les en el siglo XVI para pro­te­ger el oro y pie­dras pre­cio­sas de ata­ques pira­tas.

Con­tan­do con una for­ta­le­za mili­tar en don­de guar­da­ban las rique­zas, Cas­ti­llo de San Luis de Boca­chi­ca, el cual fue des­trui­do por tro­pas ingle­sas. Pos­te­rior­men­te se cons­tru­yó una nue­va for­ta­le­za sobre las rui­nas del cas­ti­llo, dan­do como resul­ta­do El Cas­ti­llo de San Fer­nan­do de Boca­chi­ca. Des­de aquí se logra­ba apre­ciar toda la ciu­dad, obser­van­do la par­te de la ciu­dad moder­na, con gran­des edi­fi­cios, cen­tros comer­cia­les y hote­les, así como la par­te amu­ra­lla­da, mucho mas vis­to­sa y her­mo­sa por su arqui­tec­tu­ra e his­to­ria, ima­gi­nan­do todas las bata­llas naba­les que se lucha­ron en este lugar y las inva­sio­nes y saqueos pira­tas que sufrió.

Reco­rri­mos la mura­lla, dis­fru­tan­do de vis­tas her­mo­sas, con el mar fren­te a noso­tros, escu­chan­do el cho­que de las olas con la cos­ta, un aire fres­co el cual no logra­ba qui­tar­nos el calor húme­do del cual se sufre ahí, pero es un pre­cio a pagar para poder cono­cer como se debe esta ciu­dad.

Otro de los luga­res que cono­ci­mos en uno de nues­tros via­jes, y una aven­tu­ra al tan solo lle­gar, fue Tay­ro­na. Nos advir­tie­ron que para lle­gar a las pla­yas den­tro del Tay­ro­na ten­dría­mos que cami­nar dos horas, cre­yen­do que seria una cami­na­ta por are­na con un reco­rri­do plano. Al lle­gar veo que esta­ba muy equi­vo­ca­do, pues seria cami­nar dos horas por una sel­va con subidas que no veías cuán­do ter­mi­na­ban.

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A tan solo 10 minu­tos de estar ahí, ya esta­ba empa­pa­do en sudor por el cli­ma cáli­do y tro­pi­cal que hay. La super­fi­cie cam­bia­ba cons­tan­te­men­te; podías estar cami­nan­do por tie­rra o are­na y de la nada esta­bas rodea­do de lodo o rocas, las que ten­drías que esca­lar en algu­nos de los casos para seguir avan­zan­do.

Tras las dos horas de cami­nar al fin lle­ga­mos a la pla­ya, lle­na de gen­te can­sa­da por el mis­mo reco­rri­do. Nos espe­ra­ba un mar cris­ta­lino al cual solo que­rías ir corrien­do para sumer­gir­te y refres­car­te, espe­ran­do que el tiem­po se con­ge­la­ra y no ano­che­cie­ra tan rápi­do, ya que sabías que ten­drías que vol­ver a cami­nar dos horas.

La últi­ma expe­rien­cia que viví estan­do en Colom­bia fue el 7 de Diciem­bre, fecha de fies­ta en Barran­qui­lla cono­ci­da como “El día de las veli­tas”. Se cele­bra la inma­cu­la­da con­cep­ción de la Vir­gen María, pren­dien­do a las 3 de la maña­na veli­tas agra­de­cien­do por las ben­di­cio­nes que la gen­te tuvo a lo lar­go del año.

Des­pués de haber pren­di­do mi vela, tenía que regre­sar al apar­ta­men­to y guar­dar mis cosas, pues mi vue­lo de regre­so a Méxi­co salía a las 6:50 de la maña­na. Al ir cami­nan­do de regre­so, sen­tía una sen­sa­ción tran­qui­li­zan­te, la ciu­dad dor­mi­da alu­za­da solo por las velas que las fami­lias pren­die­ron.  Pen­san­do en los cin­co meses que cami­ne estas calles, las expe­rien­cias y amis­ta­des que hice, fue un reco­rri­do de 20 minu­tos que paso en un abrir y cerrar de ojos.

Lle­gue alre­de­dor de las 3:30 de la maña­na al apar­ta­men­to y alis­te mis cosas para salir al aero­puer­to, no antes de acos­tar­me y des­can­sar lo que debían de haber sido 10 minu­tos. Abro mis ojos y veo en mi celu­lar que ya eran las 5:30 de la maña­na, sal­to de la cama y sal­go corrien­do con mis male­tas, espe­ran­do no tar­dar­me con­si­guien­do un taxi, pues el aero­puer­to que­da­ba a una hora de don­de esta­ba.

Ter­mi­né mi aven­tu­ra como la ini­cié, con mi men­te trai­cio­nán­do­me en el trans­cur­so al aero­puer­to.

Logro lle­gar al aero­puer­to media hora antes de que salie­ra el vue­lo, tras pedir­le al taxis­ta que vio­la­ra algu­nas seña­les de tran­si­to para lle­gar a tiem­po. Sin embar­go, mi mala suer­te con­ti­nua­ría, pase a dos revi­sio­nes alea­to­rias de equi­pa­je dife­ren­tes, solo para des­pués ser lle­va­do a un cuar­to con una maqui­na de rayos x, en la cual me pidie­ron pasa­ra para revi­sar que no lle­va­ra algo ile­gal con­mi­go.

Uno pen­sa­ría que el pro­gra­ma de “Aler­ta Aero­puer­to” y las revi­sio­nes que se hacen son fal­sas; pero a mí me tocó estar en uno de sus epi­so­dios. Lo úni­co que que­rría era poder estar sen­ta­do en el avión, vien­do por la ven­ta­na como la ciu­dad se hacia mas chi­ca al ale­jar­me de ella. Momen­to que lle­go tras la tra­ve­sía que fue mi últi­ma hora en Colom­bia.

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Estar de inter­cam­bio en otro lugar es una expe­rien­cia que te mar­ca, abre tu men­te a un mun­do dis­tin­to al que esta­bas acos­tum­bra­do a vivir, cono­ces nue­vos luga­res y for­mar nue­vas amis­ta­des. Hago una invi­ta­ción a todas las per­so­nas que están pen­san­do en apli­car para la movi­li­dad, que lo hagan, es una aven­tu­ra de la cual no te arre­pen­ti­rás y apren­de­rás mucho sobre ti.

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