Hecho en políticas (la aventura de la educación pública)

Jesús Iván “Jeivan” Jiménez Moreno

Déjenme contarles la increíble y decepcionante aventura que es la educación pública.

Tomé temprano el camión para ir de Saltillo a Monterrey. Me encomendé a una página de internet que encontré, antes de salir de casa, que contenía las rutas de transporte público en el área metropolitana, con la intención trasladarme de la Central de Autobuses al Campus Mederos de la Autónoma de Nuevo León, pues a principios de 2012 era difícil contar con un celular inteligente y sus respectivas aplicaciones que facilitaran la solución de problemas cotidianos. Caminé unas cuadras hacia la Calle Isaac Garza, a unos metros de la deprimente Alameda de Monterrey y tomé la ruta 144 “Burócratas” después de que un adulto me corrigiera con burla, indicándome que no se les dice “combis”, si no camiones.

Después de esto llegué por primera vez a la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública, aunque solamente para la toma de fotografía en la ficha del examen de ingreso. Ahí me indicaron que además de los 750 pesos que había pagado antes en el banco, tenía que pagar otros 750 en ese momento. Yo solo llevaba 300, que eran para un regreso seguro a mi ciudad y después de que me dijeron que no había manera de aplazarlo, mentí al decir que venía desde Piedras Negras. La mujer en la caja se tocó el corazón y creo que a la fecha sigo debiendo ese dinero, lo cual no me molesta, pues como estudiante foráneo pagué, con completo apoyo de mis padres, la modesta cantidad de $22,000.00 de inscripción.

Semanas después, algún día del mes de junio, desperté tarde para ir a presentar el examen de ingreso. En ese momento era un rechazado de Ciencias Políticas de la UNAM, pero un aceptado de Derecho Juris, de la UAdeC. Sin embargo mamá me dijo que ya había pagado y que tenía que ir a presentar. Papá me llevó y llegué a tiempo, sin algún previo estudio. Al terminar presentamos otro examen, este último de conocimientos en lengua sajona. Le pregunté a un catedrático de sombrero de explorador que si tal examen influía en los resultados de ingreso, a lo que me contestó que no. Como esa respuesta fue, para mí, un permiso para contestar a lo idiota y así salir temprano, comencé el semestre dos semanas antes, aprendiendo colores, números y verbos básicos, junto con otros pobres diablos, como Erick, un joven de Acuña que entendía mucho mejor que yo el sacrificio de alejarse de la familia, y otro pelirrojo, con quién me llevé bien, pero que prefirió ser llamado “Ruso” en la programación de Multimedios, antes que terminar la licenciatura.

Teníamos que quedarnos a esas clases de inglés después del curso inductivo, (o propedéutico, como les suene mejor) donde nos enseñaron la diferencia entre un resumen y un ensayo, un mapa conceptual y un cuadro sinóptico. Fue ahí la primera vez que escuché el apodo de “Fiestas Políticas”, pero Roberto Ayala pidió que olvidaramos ese reconocimiento popular. Declaro que me sentí motivado. Situación que duró aproximadamente dos semanas.

En esos días agradecí especialmente el infinito amor de mis padres. A pesar de que el lugar en el que viví los primeros dos años era un espacio de 12 metros cuadrados con cocina y baño incluidos, mamá puso cortinas que le dieran luz al lugar, y papá me ayudó a improvisar un closet, me donaron la vieja televisión de esas que tenían como una caja detrás de la pantalla, y me compraron un locker para usar como alacena. Por esos hermosos gestos es que decidí terminar la licenciatura en esa facultad.

Ah, también porque ya había pagado 22 mil pesos de inscripción.

El primer semestre fue difícil. Recuerdo que el segundo día derramé algunas lágrimas mientras me refugiaba en la biblioteca, sin duda mi lugar favorito durante el primer año. La tristeza era producto del encuentro entre el constante pensamiento que me decía que opté mal, que regresara con mis padres y amigos, y el orgullo o el miedo de regresar sin logros, derrotado. Estar en el aula era complicado. Intenté interactuar con los 70 compañeros que día con día retaban la ley en la que se establece que dos objetos no pueden estar en el mismo espacio al mismo tiempo, pero me fue imposible crear un diálogo con alumnos que ante el “¿Por qué entraste aquí?” respondieran con el genérico argumento de viajar por el mundo o ayudar a la gente. Afortunadamente encontré un gran respaldo en el carisma de Ruby y el interés académico de Sofía, a quien le agradezco por el 100 que obtuvimos en el trabajo final de la profesora Vera. Ambas buenas amigas que me recuerdan siempre lo mal que les caí cuando me conocieron.

Sé que durante la semana de inicio, por alguna razón, tenía que llevar traje. Recuerdo que cuando entré al aula todos se callaron y ocuparon sus lugares. Me senté en la esquina más alejada de la puerta, y algún cabrón murmuró – No mames que no es el profe – cuando aún faltaban cuatro meses para que cumpliera 18 años.

En segundo semestre quedé fascinado con la agilidad del profe Panchito en Historia del Pensamiento Político, catedrático con el que aún en los últimos días de la licenciatura conversé como con un amigo en los pasillos, y a quien le debo haberme graduado a tiempo por hacerme la observación de que no podía arrastrar una materia más de tres semestres. Recuerdo también que el Profe Paz me sacó de su clase, pues alguna tontería dijo Duarte y tuve que reír. Sin embargo, al ver que seguía tomando apuntes por la ventana, me pidió que volviera a entrar.

En tercer semestre conocí a Berlanga, que es como el “maistro” en la Facultad, pero no por su manejo en diferentes oficios, sino por su improvisación en cualquier materia, esta primera vez en Estudios de América Latina. Nadie tomó en serio su clase, ni él mismo, pero yo tenía que exponer de Chile, y lo hice con la pasión que nace al leer de Salvador Allende. En un momento paré la presentación para preguntarle a dos viejas, (porque no quiero llamarles estudiantes), acerca de la presentación, ya que no habían guardado silencio durante el transcurso, e inmediatamente intentaron encontrar respuesta en las diapositivas, como si las hiciera todas textudas, como las de ellas. Les dije eso y me respondieron que no estaban poniendo atención. A decir verdad no recuerdo si les pedí que se callaran o que se salieran, pero de alguna manera las expuse.

Por la noche me pasaron me pasaron un screenshot de un perfil que facebook que pertenecía a una de estas dos viejas, que en un párrafo me llamaba ególatra, básicamente. Ese día cumplía años mamá y fue la primera vez que no estuve con ella en su día, pues me pidió que me quedara en Monterrey, ya que mi obligación era estudiar. Jamás le dije que esa fue la única clase que tuve porque los demás profesores no se presentaron, ni tampoco que el grupo hablaba mierda de mi por el hecho de hacer lo que me correspondía.

Añoraba el maldito cuarto semestre para dejar atrás el tronco común y a los internacionalistas para comenzar de verdad mi carrera junto con los demás estudiantes entusiastas de la ciencia política, pero cuando pasó inmediatamente extrañé el buen humor de esos internacionalistas. Sin embargo conocí a excelentes amigos, pocos, como a tres: (aunque de ratos toleraba a más) Jessica, la eterna representante con quien me gustaba hacer equipo pero al mismo tiempo nos caracterizó una particular rivalidad académica; Luis, un joven con una bondad enorme, que siempre me hacía reír y me convencía de ayudarlo con las materias; y Samara, una mujer pesada hasta que llegas a conocerla y te abre su corazón. En esos meses la profe Citlalli nos hizo memorizar leyes para Administración Pública de México; la profesora Paulina me conquistó con su entusiasmo por enseñar acerca del Contexto Social de la Profesión; la profesora Perla nos otorgó una cátedra maravillosa en Macroeconomía; sin duda fue un reto llegar a las 6:55 am para entrar en la particular clase del profesor Dionisio Kladiano, con quien también tomé clases desde la ventana, y el profesor Alejandro Treviño comenzó con lo básico, “¿qué es ciencia?”, en una cátedra completa de Ciencia Política.

En el quinto semestre se me presentó una de las situaciones más difíciles. Una mañana de octubre pegué las fotografías de los estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en la explanada de la Facultad. El prefecto las quitó unos minutos después, ya que debía tener la autorización de la administración para realizar un acto de protesta. Ridículamente hice un oficio para que dejaran a la comunidad estudiantil (María y yo) realizar un acto de solidaridad con velas y un pase de lista, pero me respondieron que no podía hacerlo en la explanada por aquello de no interrumpir clases, cuando las interrumpieron cada semana con algún evento estudiantil. Nos enviaron a la cancha de basquetbol, un lugar sin luz y donde apenas unas diez personas nos escucharon.

Días después conocí a la Asamblea Universitaria, en quienes en un principio pensé que había encontrado amigos o colegas, pero que después me tacharon de infiltrado de la Dirección de Actividades Estudiantiles, quienes a su vez pensaron que formaba parte de la Asamblea. Mi única intención era que se realizara un único acto de solidaridad con las familias de los desaparecidos, pero terminé dando el mismo discurso en dos eventos diferentes. El primero con las Mesas Directivas de diferentes facultades y federaciones, un gremio de ridículos que acudieron para obtener su fotografía depositando una rosa blanca, entre quienes sonreían o quienes fingían tristeza ante las cámaras, todos se ganaron mi desprecio. El segundo evento comenzó como un gran acto de protesta, que fue debilitado por las banderas comunistas y los individuos necesitados de protagonismo.

En sexto semestre regresó Berlanga. Le rogué al grupo que nos organizáramos para pedir el cambio de profesor, pero obtuve respuestas de conformismo y mediocridad. Aquí observé la abundante ignorancia de los que se identifican con el PRI, y el discurso básico y adoctrinado de instituciones y participación ciudadana de los del PAN. Afortunadamente también obtuve gran conocimiento en la cátedra del profesor Diego Rodríguez, quien se convirtió en mi amigo y a su vez me hizo su Hermano.

Séptimo semestre fue una mierda. Así nada más. Pero más mierda fue el taller “Dejando Huella” donde Javier Prieto, reciclando sus presentaciones de imágenes motivacionales que utiliza para su asociación de pseudoliderazgo juvenil, en la que participé cinco años, nos gritaba como conferenciante barato que deberíamos ser los mejores sacando copias en el Servicio Social. El verdadero problema es que no faltaba cada cabrón de 20 años que sí se motivó con ese discurso pobre que dejó de funcionar con niños de secundaria.

En octavo realicé ese Servicio Social para el que se me intentó motivar, que es básicamente trabajar gratis para instituciones. En mi caso, en el Instituto Estatal de la Juventud, comencé con propuestas y proyectos, me consideraban en reuniones y me enviaron de representante en varias ocasiones, pero jamás algo sólido se puso en marcha. Cuento con los dedos las veces que vi a la directora en las instalaciones, y las semanas se pasaron entre libros y House of Cards para completar mis horas. Conocí a personas muy valiosas como amigos, pero inútiles ante los retos de la administración pública. En ese mismo semestre llevé mi tercer materia improvisada por Niño, además de Ética, en donde la maestra habló sobre que el cuerpo pesa 37 gramos menos cuando morimos porque el alma se desprende, y un grupito de ridículas lloriquearon en una exposición del aborto. Afortunadamente la profesora Laura Olazaran, con la que me moría por coquetearle, llegaba cada viernes puntual, con carácter y conocimiento en Derechos Humanos para contrarrestar la mala semana con su perfecta clase. Aunque la experiencia que se lleva mis mejores recuerdos es haber jugado Futbol Americano, acepto que fuimos el segundo peor equipo de la liga de novatos, pero sigue siendo indescriptible.

Noveno y último semestre fue nostálgico, pues por fin encontré algo increíblemente valioso: el Laboratorio de Comunicación Política. En ese cuartito que pasé desapercibido durante cuatro años, encontré un grupo de ñoños con quienes me identifiqué; personas interesadas y expertas en la investigación, liderados por el Dr. Carlos Muñiz, un español con un peculiar sentido del humor, medio mamón como quien dice, pero en quien encontré liderazgo y conocimiento. Ese es un lugar en donde se crea ciencia, ¡qué chulada!, pero a la vez qué lástima no haberlo descubierto antes.

La licenciatura se compone de 57 Unidades de Aprendizaje (materias), el Servicio Social y el Área Curricular de Libre Elección, que son las prácticas, pa’ entendernos. Si elimino las materias en las que improvisaron catedráticos, o bien en donde nos asignaron a quienes no tienen ninguna pasión por la enseñanza, me quedo con 20 Unidades de Aprendizaje que pude haber realizado en dos años. De hecho, otorgo mi completo apoyo al cambio que harán de nombre a “Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales”, pues de Administración Pública jamás me facilitaron conocimientos.

Cuando las personas me piden referencias de la Facultad, comienzo por todo lo malo. Les hablo de la corrupción académica que compra calificaciones en forma de eventos y talleres; de profesores como Melvin que aceptan $200.00 para pasar alumnos; del inexistente ejercicio democrático con candidaturas únicas y un modelo rezagado donde se vota por Consejero Universitario y Presidente de Mesa Directiva en la misma boleta, pero termino por recomendarla, al reconocer el apoyo inigualable al deporte, el esfuerzo por crear más y mejores actividades estudiantiles, la innovación con eventos como “Mujer Políticas” rechazando los certámenes de belleza, los talleres curriculares y la dedicación en el postgrado.

En general agradezco a la Universidad Autónoma de Nuevo León, una institución inmensa, llena de oportunidades para que estudiantes como yo, además de una licenciatura puedan terminar esta primer etapa con estudios o experiencias en música, deporte y un tercer idioma; oportunidades que jamás hubiera conseguido a una sola vez en Coahuila.

Gracias Políticas, por esos pocos pero grandiosos amigos, por las experiencias y por esas 20 materias en las que aprendí mucho. Me despido por ahora con una petición: rescaten la licenciatura. Espero que la gran parte de mis compañeros jamás obtengan un cargo de gran importancia, pues no los prepararon para tomar decisiones, solo son expertos en hacer resúmenes y mapas conceptuales, sólo son jóvenes sin filosofía, sin ciencia y sin reflexión con base en conocimientos.

Quién sabe, igual y nos vemos en maestría. Si es así, haré otra petición: cambien la administración de la cafetería, esa comida es cara y sabe horrible.

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