Cómo vivir la cobardía millennial: guía básica

Por Valeria A. Zamarripa Lozoya

Estamos tan dispuestos a recibir antes que dar, así como a saber del interés ajeno para poder demostrar el propio. Y medio en broma, medio en serio, esos jueguitos de Facebook que te piden un like o un comentario antes de expresarse, son la más clara muestra de que esta nueva generación a la que pertenecemos espera primero una muestra de afecto antes de demostrar el suyo; como parte del círculo vicioso, estas muestras nunca se dan de ninguna de las dos partes por cobardía, por pereza o por miedo. Y yo creo que es por eso mismo que ya nadie se avienta; ¿acaso tú necesitas un like y una imagen de “vámonos a la verga we xdxdxd” para decirle que te gusta? ¿Necesitas de un reto de 85 preguntas para decir que alguien te cae mal? ¿Ocupas que comente “bye” en tu estado de despedida al año para que pueda saber si me quieres o no con un “stay” como réplica? Esta es la muestra más sencilla de que somos cobardes. En uno de los juegos piden responder cierto número de preguntas; a cambio de un like, la persona te envía estas cuestiones que son, en su mayoría, del nivel de interés romántico y/o sexual hacia dicho individuo, y tu responsabilidad es responderlas para formar parte del juego. ¿Cómo es posible que esta generación, la que peca (según nosotros) de libertina y que mantiene, ante cualquier contexto una mente abierta, dependa de un jueguito barato para decirle a alguien que te lo quieres dar? Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, dirán muchos. Soy joven, soy adolescente y por estricta consecuencia soy estúpida, y también caigo en el mecanismo; la diferencia entre participar y ser parte es el creer o no lo que estás haciendo. Y yo no creo que una sola de las palabras ahí escritas sean sinceras. En todo caso, se trata de la construcción creada bajo presión por quien solicita respuestas, pues si dichos “deseos” existieran realmente podríamos, como individuos íntegros, ser capaces de externarlos sin temor al juicio, pues no navegaríamos en la falsedad del dar y recibir. Carecemos de valores, y esa cuestión no se discute, pero, en una opinión bastante íntima, uno de los principales lineamientos de conducta a los que deberíamos apegarnos es a la honestidad. Es realmente agobiante observar cómo hicimos a un lado todo aquello que debería ser prioridad para conformarnos con el mediocre concepto de la igualdad respecto a la entrega. Si quiero, lo pido; si no quiero, me niego.

No hay nada más bonito que escuchar o decir la verdad. No hay mentiras que sanen ni verdades que duelan. No se trata de ir por la vida ofreciendo sexo casual o amor eterno al sentir atracción física o compatibilidad ideológica. Aquí considera también la honestidad intrapersonal que lleva a saber exactamente si se busca algo o es solo un placer momentáneo, y en caso de buscar, siempre hay una meta específica. Tampoco podemos prometer amistad eterna o mantenernos en contacto con quien intoxica nuestra existencia, y esa exploración de la verdad concluye en poder decidir qué personas necesitamos o queremos alrededor. Es bastante irónico que la práctica de la visión de la realidad con nosotros mismos funcione, al menos notablemente, en las relaciones ajenas a nuestras capacidades de total control. A pesar de que se trate de esclarecer dificultades hacia el “yo”, el cambio significativo para la percepción exterior es la capacidad de ser claro respecto a lo que nos rodea. Y la cobardía que almacena la reciprocidad altera en muchos sentidos la honestidad, pues no podemos ejercer la segunda por temor a que la primera no se respete.

¿Quieres decirle algo? Hazlo y ya. No esperes a tener una oportunidad o una excusa, si eres sincero contigo mismo y sigues tus impulsos en la mayoría de los casos, aprendes algo bueno. Y poco a poco vas aprendiendo a decir sin importar si el otro siente, piensa, se interesa o quiere lo mismo que tú. No podemos vivir en la espera del mágico acomodo del contexto para expresar, con respeto y consideración, lo que sentimos, sin subestimar las capacidades propias ni sobreestimar las ajenas. Siendo conscientes de que la respuesta que recibamos debe tener el mismo nivel de intensidad y encaminado al deseo que tenemos, y para ello, hay que hacer una previa investigación del deseo ajeno y con paciencia descubrir las intenciones… ¡No, maldita sea! ¡Exprésate, habla, asegúrate de limpiarte! ¡Vuela! Sin importar si recibes menos, si recibes más; al final entregaste y nada quedó en tus manos, ¿lo intentaste? Es todo lo que pudiste haber hecho, en ese momento, antes o después.

Vuela dentro de ti y descubre lo que sientes, lo que quieres; tus sueños, tus metas, conoce al “yo” que tiene sentido, al que busca y no le importa no encontrar. Y sí, suena egoísta. Narcisista, me atrevería a decir. Pero si yo me siento bien al respecto, me parece correcto lo que estoy haciendo y digo lo que me nace, no debería ser asunto de nadie más. Digo lo que quiero decir, porque lo siento, porque soy capaz de expresar mis ideas siendo totalmente honesta. Hablo sin espera de respuesta, actúo sin importar si habrá recompensa, todo siempre en beneficio del “yo”. Ya es cuestión personal si ese “yo” se beneficia cuando recibe algo a cambio. No condicionemos el sentir, que al final nadie puede curarnos, ayudarnos, o acompañarnos en el camino. Solo nosotros mismos.

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