EL NEGRO Y EL INDIO: LOS INVISIBLES INCÓMODOS PARTE II

Juan Enrique Martínez Requenes.

Nuestro país es uno de los ejemplos más claros de que el racismo no ha desaparecido. SÍ, leíste bien. ¡MÉXICO ES RACISTA! Nuestro racismo es único en su tipo -aunque claro, es compartido con América Latina. Es ese que está impregnado -lógicamente en la piel- en nuestro inconsciente como en nuestro lenguaje, práctica y educación.

Sí, entiendo que al decir que México es un país altamente racista, surgirán varias objeciones y argumentos que se podrán plantear como: “En México no existe racismo; racismo en Estados Unidos o en Sudáfrica donde si los discriminan” o también se podrá hacer la objeción “En México no existe el racismo, porque aquí no hay grupos como el Ku Kux Klan”. De estos argumentos me ocuparé en otra columna, pero es importante tomarlos en cuenta desde un inicio, para empezar a contextualizar la negación colectiva del racismo.

El racismo mexicano, está institucionalizado, se nos enseña desde niños y se nos reafirma de jóvenes-adultos. Tiene tintes secretos y que no se pueden detectar en un primer momento, está en nuestro lenguaje como bromas, como insultos y como algo cotidiano, está en nuestra sociedad, en la publicidad, en el mercado, en las calles, en el radio, la tele, el cine, en nuestro trabajo, en todas partes.

El racismo mexicano tiene ciertas particularidades que considero esenciales: La primera, nuestro racismo está basado en un mito; La segunda, nuestro racismo es aspiracional; La tercera, nuestro racismo está ligado a la desigualdad; y por último, la cuarta, nuestro racismo, también es inverso. Estas cuatro ideas giran en torno a lo que muchos filósofos llaman “modernidad”, que trataremos en cada una de las tesis que aquí se proponen.

El racismo mexicano parte de un gran mito(1) creado a partir de la primera mitad del siglo xix e inicios del siglo xx y que tiene el un efecto cegador al reconocer que existe el racismo, ya que está inculcado desde nuestra educación: En México solo existe una raza, la mexicana, la mestiza. No es difícil llegar a este mito, en cualquier libro de historia mexicana, desde primaria hasta preparatoria, se nos da esta primera información que influye en el racismo mexicano.

La idea de que en México solo existen mestizos se genera a partir de que se debe de crear una identidad para este nuevo país. La independencia obliga a creer que somos algo nuevo, un hecho único que, a partir de la relación entre lo indígena y lo español, se crea un nuevo hombre, aquel que solo tiene las mejores cualidades de cada uno de estos grupos. Después de esto, ante las invasiones y las guerras que el país sufrió durante su primer centenario de vida, esta tesis tomó fuerza, para que, cuando llegaríamos al Porfiriato, se pudiera incluso decir que en México sólo existían mestizos.

Que solo existieran mestizos en México, daba la impresión de que esta país ya estaba completamente civilizado, pues lo anterior, lo indígena, sólo representaba ese pasado, el que tuvimos hasta antes de ser descubiertos por la mano moderna de los españoles -en palabras de Dussel-, ese pasado del que ahora solo se conservaba lo mejor, pues al estar modernizados con tecnologías, con su idioma, con el libre mercado, con la industrialización, el mexicano, el mestizo ahora pertenecía al mundo actual moderno, científico y no a aquel pasado lleno de mitos de la creación.

Para dar un ejemplo de esto, simplemente se tiene que observar como las altas élites del gobierno, incluso antes del Porfiriato, parecían adoptar tintes más europeos o americanos -modernos a fin de cuenta. Basta con ver las leyes de Reforma o los retratos de Juárez, en donde parece negar ese pasado indígena que tiene, para volverse más blanco, más moderno. Si se quiere algo más directo, podemos tomar las palabras de Justo Sierra O’Reilly al decir que los indígenas de Yucatán, debían ser reprimidos con mano fuerte, porque la humanidad y la civilización lo mandaba así.

El hecho es que, según estas altas élites del gobierno mexicano, lo indígena pertenecía al pasado, a uno no civilizado. El México liberal que se había engendrado después de las Leyes de Reforma, de sus múltiples batallas contra el peligro extranjero y con su ahora nueva cultura pertenecía entonces a lo moderno, a los valores europeos y americanos de la democracia, la libertad y lo individual.

Para este momento el indio ya había sido ocultado, invisibilizado, y aquellos grupos que aún resistían este proceso constituían una amenaza a esa “unidad” nacional y un obstáculo al destino histórico del mexicano(2), ya que el futuro y los dueños de México eran estos mestizos que habían sabido aprovechar el progreso y la modernización nacional.

Sin embargo, este mito del mestizo enfrentaba dos problemas: su blanqueamiento excesivo (volver a ser españoles), su completa occidentalización, que llegaba a amenazar lo único creado por las dos razas o bien, oscurecerse, lo que llevaría a la pérdida de la modernidad, de su aspiración a pertenecer al mundo actual y con ello, volver a ser salvajes. Por lo tanto, se llevó a una sola solución: el mexicano mestizo, el moderno con aspiraciones y valores europeas o americanas, debería ser orgulloso de su pasado indígena, pero este orgullo, estaría limitado al turismo, las ferias y las exposiciones culturales, ya que, el verdadero mexicano mestizo, debería aspirar al progreso que representaba la blanquitud americana o europea.

Es así que al terminar la Revolución se terminó por consolidar el dominio del mestizaje y el régimen que nació de ella gestó un proyecto cultural que reflejaba de manera plena el auténtico carácter de mestizo de los mexicanos(3) y de este proyecto llevaría el mando José Vasconcelos. Al tener este país ya “racilmente” unificado, se debía dar un impulso en el cual, aquellas células aún sin unificar, debían integrarse y de guía de Vasconcelos, está “nueva y única raza” se liberaría de ese yugo opresor de esa tradición indígena que frenaba la modernización a manos del mestizo, se convertiría en una guía, pues era una raza única: una cósmica.

Para esto y en nombre de la integridad racial, los gobiernos mexicanos del siglo xx, dando inicio con la creación de la SEP de manos de Vasconcelos, diseñarían políticas ambiciosas para integrar” a aquellos que se negaban ser mestizos. Es así que la creación del Estado mexicano moderno, se tuvo que crear una unificación de todas las culturas y sociedades que componían en marco social mexicano, en nombre de la que ahora, era la única, y esta uniformidad se impone desde la legislación, la administración central y las propuestas oficiales de educación y cultura.

Es así que ahora ese mito del mestizo se convertiría en parte de un programa público para así llegar a su consolidación, valiéndose en primer término de la educación. En México, las políticas educativas han coincidido en la homogeneidad como meta y esto es una constante de la SEP desde su creación, una que no ha variado desde hace más de 80 años.

El proyecto nacional adquiere ciertas características propias según el momento histórico; sin embargo, se observa una constante: el interés de la SEP durante sus más de ochenta años de castellanizar, alfabetizar y homogeneizar a la población indígena. Para construir a la nueva nación se unifica la lengua en primer lugar y en seguida el sistema educativo.

Esto mismo se ha mostrado en el tipo de educación implantado en donde, la educación mexicana sobre los pueblos indígenas, ha tenido tres grandes etapas: la asimilacionista, la integracionista y la pluralista.

En la primera se pretendía incorporar a los indios al modelo nacional, ya que los elementos particulares de sus culturas impedían la cohesión del país en una nación con propósitos comunes [y en donde se] impulsó la desindianización a fin de que México se constituyera como un país de mestizos. Los indios eran parte de un pasado que debía ser superado.

La etapa integracionista en simples palabras: castellanización. De forma más simple, se podría decir que en esta esta etapa no se quería eliminar a la cultura indígena, sino adherirle los rasgos característicos, que ya estaban definidos como parte de la “cultura nacional”. La política principal de esta etapa era utilizar a la escuela como una conexión de la realidad nacional y utilizar como nexo integrador al español.

Es decir, la estrategia utilizada en este punto para poder “educar” a las comunidades indígenas, era las escuelas y la educación bilingüe para que la lengua materna, pasará de ser la común, a ser el conector para la alfabetización en castellano.

Toda esta situación ha tenido repercusiones graves en el sistema educativo, tales como las que nos señala el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que nos dice que “en el país persiste una brecha significativa entre la población indígena y la no indígena en cuanto al acceso al derecho de la educación” y que cita el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2016).

En términos brutales, la educación tuvo solo una tarea: emblanquecer a los indios, pero bajo ninguna circunstancia, “indianizar” u oscurecer a los blancos.

Es así, que con esto se puso de pie uno de los pilares fundamentales para nuestro racismo, la institucionalización a través de la educación, de que solo existía una raza o mejor dicho, sólo había un tipo de mexicano que cumplía solo con un perfil, creo que dentro del imaginario colectivo se generará la idea de que, el que no tener con estas características, no pertenecía a lo (verdaderamente) mexicano, llevando de la mano que aquel que mantuviera su lengua originaria o que no hablara bien el español, se le excluyera del grupo nacional siendo parte de ese “otro” que no es como “nosotros”, dando así puntos para que el racismo comience y se desarrolle de una manera natural.

En la siguiente entrega veremos las demás tesis.

1- Esta parte lo tomó del historiador e investigador de racismo Federico Navarrete, se puede encontrar una mejor apreciación del mito del mestizaje en su libro “México Racista; una denuncia” de editorial Grijalbo.

2- Federico Navarrete. “México Racista: una denuncia” pp. 100.

3- ibid. pp 99

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