Érase una vez un mexicano en Barranquilla (Primera parte)

Por: Blas Reynosa

Cuando el vuelo 635 aterrizó en Barranquilla, Colombia, a las 11:08 p.m., a sólo tres minutos de cualquier deseo, recibí dos golpes: el primero de calor, por supuesto. Sí acá no muero de felicidad, será de cáncer de piel. El segundo golpe fue directo al corazón; me dijeron que acá no hay picante… es cierto, pero vaya que hay mucha salsa, y se baila con sabor. También tienen otros ritmos poco explorados por el  homo sapiens mexicani, específicamente hay uno al que le llaman champeta, poco menos rápido que el tap pero al estilo caribeño, prometo aprenderlo y mostrárselos al llegar.

Desde la primera vez que pisas Barranquilla sabes que una parte de ti siempre ha pertenecido aquí, en este lugar se puede respirar Latinoamérica, con todos sus colores y aromas. Dentro de su gastronomía están las arepas, que de no ser por la masa no difieren mucho de la gordita mexicana (sigo hablando de comida) y puedes encontrar también el jugo de Corozo, hecho a base de un fruto  diminuto pintado de rojo pasión, que endulzado se convierte en una bebida refrescante con la que el calor se hace soportable.

La hospitalidad de las personas es otra “vaina” como dirían por acá (nota: vaina significa “cosa u objeto” acorde al diccionario costeño…sí, tienen su propio diccionario, si mi instinto es preciso no tardarán mucho en formalizar la Academia Costeña de la lengua). La amabilidad y la confianza de la gente en Barranquilla es como la que puedes encontrar en tu familia (a excepción del clásico tío mexicano regazón y la tía que por obvias razones pertenece a la casa de Slytherin). Es la misma gentileza que solo encuentras en uno de esos pequeños pueblos en los que no se puede sino crecer con el alma llena, como Acuña, Coahuila, por ejemplo. Basta con decir que las personas acá tienen una nobleza singular y un corazón que siempre está de fiesta. Definitivamente lo mejor de Barranquilla es su gente.

Vivir en la costa es vivir el Caribe en su máxima expresión, desde el bus con música de reggaeton que tomas a la escuela (no combi, no camión, no pecero, la terminología es “bus”) hasta los vallenatos que inundan la 84. Y eso es otra cosa, las direcciones aquí tienen de complicado lo que Michael Phelps hace: nada. Las calles no tienen nombres de personas sino números, acá no se andan con que “nombre, llegas de volada carnal, ira… ahí en la de Álvaro Obregón esquina con Nueva Vizcaya, en la colonia Prolongación Urdiñola, ahí donde veas un OXXO”. Mientras que acá puedes decir: a la 99 con 42 po favo (like a boss) sin que el taxi te de rodeos para subir el precio. Ah, pero que no te escuchen el acento porque luego te lo dejan caer (seguimos hablando del precio).

El acento de la costa tiene algo especial: no lo entiendes la primera, ni la segunda… probablemente tampoco la tercera o décima vez que lo escuchas, pero luego te vas acostumbrando al uso desproporcionado e indiscriminado de diptongos que se crean tras eliminar consonantes intermedias y a palabras como “pelaa, parce, chévere, parchar, vaina, hueso” (nota 2: hace poco aprendí que chévere y hueso son antónimos, si quieres decir que algo no está chido o que es aburrido tienes que decir que está bien hueso).

Otra característica que hace deseable a esta ciudad es que tiene muchas playas a unos cuantos minutos fuera de la ciudad y otras tantas a pocas horas de distancia. El primer día que tuve unas clases libres estaba averiguando qué hacer y decidí tomar mi mochila, una gorra y coger un bus a Puerto Velero. Te das cuenta que esto ya no es Puerto Vallarta (Mx), cuando te dicen que la playa está hacia adentro y solo se llega en moto (para esto hay tres motociclistas típicamente costeños en medio de la nada esperando que les pagues un viaje hacia un lugar que apenas sabes que existe, es entonces cuando comienzas a apreciar tu vida), sumado a que no me había subido ni a un scooter en México, ustedes entenderán el valor del “challenge accepted” en este caso (me sentí Barney Stinson). Sin pensarlo dos veces lo volvería a hacer, es algo que no tiene precio.

Y finalmente, lo que todos los caballeros esperaban… (redobles) y posiblemente algunas damas también (más redobles)… las mujeres en Colombia… (retriples)… Es cierto, Dios mío… pensándolo bien, creo que en esta ocasión me evitaré ser linchado por mis compañeras y amigas feministas y lo dejaré para la segunda parte.

Wait for it…

¡Nos vemos!

#ba2

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